Alberto Chiu
Alberto Chiu

La más reciente evaluación que ha hecho la organización Mexicanos Primero respecto de los avances en educación en todos los estados del país, nos entregó una mala noticia: Zacatecas ha descendido en varios de sus indicadores más sensibles, lo que significaría, en términos llanos, un retroceso en la educación de los niños, jóvenes y adolescentes de nuestra población. Y no son malas noticias; son pésimas.

Según los elementos evaluados en este, el llamado Índice de Cumplimiento de la Responsabilidad Educativa Estatal (ICRE), nuestra entidad reprueba en cuanto a garantizar el acceso de los menores a la educación; reprueba en cuanto a darle a los profesores oportunidades de profesionalización y capacitación; reprueba en que no hay suficiente infraestructura incluyente, es decir, que permita igualdad de oportunidad a personas con discapacidad; así también en cuando a la tutoría docente y a la atención del primero de preescolar.

En cualquier caso, resulta muy preocupante cualquier descenso en estos índices observados por la organización civil, y contrasta con la gran cantidad de recursos que se destinan, de cada presupuesto anual, al pago precisamente de los maestros. La absoluta mayoría de recursos van destinados a sostener los sueldos y salarios de los maestros y demás integrantes de la nómina educativa. ¿Dónde está la falla pues?

Se sabe que el sector docente tiene una dinámica de confrontación interna desde hace mucho; que constantemente hay diferendos entre diversos grupos de profesores identificados con alguna de las facciones del sindicato magisterial; que algunos de esos diferendos, así como las luchas propias por derechos laborales o conquistas sindicales logradas con anterioridad han llevado, en varios momentos, a ciertos grados de “parálisis parcial”; que la falta de pagos de programas como los de “Escuela de Tiempo Completo”, o del “Programa Nacional de Inglés” también ha afectado la educación, a veces parando las clases, y otras simplemente dejándolas de lado.

Hacen falta, en efecto, los programas óptimos de acompañamiento educativo donde también se involucre a los padres de familia, que luego suelen ver en las escuelas más una especie de “guardería temporal” de los hijos, y no como el lugar a donde van a recibir instrucción formal que complemente la educación que reciben en casa. Y así es como acaban luego también los papás viendo a las escuelas –y a los profesores, por supuesto– más como entes “externos”, en lugar de “aliados” en la formación de sus hijos.

Pero la pregunta sigue en el aire: ¿dónde está la falla? ¿O por qué en esta ocasión los indicadores muestran una caída en cuanto a los parámetros que fueron evaluados? ¿Habría que pensar que se trata de una falla en la evaluación y en realidad nuestras escuelas y profesores y directivos y funcionarios están haciendo bien su tarea? ¿O quizás se trata de una mala interpretación de dichas evaluaciones, y los padres de familia no tenemos de qué preocuparnos?

Me parece que no. Que por el contrario, debería ser motivo de una enorme preocupación el hecho de que la calidad educativa de nuestros hijos se vea menoscabada, por cualquiera de las razones posibles: ya sea porque se dedica más tiempo a la grilla que a las aulas, o porque la falta de presupuesto sea un pretexto para dejar de dar clases o darlas “a medias”, o porque los padres de familia se han desinteresado y “divorciado” del deber compartido con los profesores, o por lo que usted guste y mande.

No me queda duda de que muchos de esos problemas podrían encontrar un camino de solución en cuanto más padres de familia se involucren, con mayor dedicación e interés, en lo que sucede en los centros escolares y en el trato con los maestros de sus hijos. Algunos otros, lo encontrarían cuando más profesores antepusieran con firmeza el interés en los educandos, incluso a los intereses sindicales, o de grupo, o políticos. Cuando haya más vocación, a final de cuentas, por ser los papás, mamás, maestros y funcionarios que nuestros menores necesitan con urgencia.


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