EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*
EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*

SOBRE LAS ANTOLOGÍAS

Es indudable no recordar las antologías que han marcado época en nuestro país: la de Jorge Cuesta, Antología de la poesía moderna, donde aquellas nuevas voces son el punto clave para entender nuestra poesía del siglo pasado; la de Octavio Paz, José Emilio Pacheco y compañía, Poesía en movimiento, donde la conjunción global de la poesía mexicana tuvo su explosión ante los lectores locales e internacionales; la de Carlos Monsiváis, Poesía mexicana del siglo XX, y el gran tomo de Ómnibus de poesía mexicana, de Gabriel Zaid, son algunas que nos han dado el paso esclarecedor de lo que ha sido la tradición poética en nuestro territorio. El canon literario lo hacen unos pocos para el futuro, le toca al antologador ser quien dé una propuesta de lo que podría entenderse como literatura con L mayúscula, para eso existen estas compilaciones: mostrarnos quiénes son los mejores autores del momento.

Pero a mí no me interesa, casi siempre, cuando leo una antología nueva, saber quiénes de ellos son y serán los grandes escritores. No. Lo que yo quiero al momento de mi lectura es tener una visión diferente de las cosas: a mí qué me importa que los “grandes escritores” sean los modelos de nuestra poesía si, pongamos un ejemplo, la poética es casi la misma. Lo que yo quiero, insisto, al leer una compilación de textos, es descubrir a aquellos que, por equis razón, nunca había leído, desconocidos para mí, aquellos que no están en el top. Y aquí Octavio Paz, si estuviera escuchándome, estaría en contra de mis ideas, me diría “esos es absurdo” porque él nos dice que en las antologías la meta es mostrar los mejores poemas del autor y de la época, dejar una visión estática de la literatura. Pero soy joven e inexperto, quizá muchos años después pueda estar de acuerdo. Yo estoy caminando ahora en busca del trancazo esclarecedor que es saber en verdad la ocupación de la poesía en la vida.

 

SOBRE LOS TALLERES

Muchas veces mis maestros me han contado sobre la importancia de los talleres literarios en su juventud. Todas esas veces me contaban maravillas del aula donde las letras se aventaban como humo de cigarro por el ambiente. Saber que muchos escritores de la mitad de siglo pasado se conocían entre ellos, se juntaban en los encuentros y congresos de literatura; saber que mis maestros conocieron a los escritores que admiro es algo envidiable, que todavía nosotros, como nueva generación, no hemos percibido del todo. Los talleres literarios no sólo forjan escritores y los avientan al ruedo, sino que arma un grupo de personas para establecer una nueva visión de mundo: no por nada algunos talleres, grupos de escritores, corrientes, movimientos literarios, han buscado una nueva manera de ver la literatura. Esta parte es la que a mí me gusta.

 

SOBRE CIUDAD JUÁREZ…

Nunca he visitado Ciudad Juárez. Lo que conozco del lugar son las cosas clichés que encontramos en el periódico, vemos en los noticieros o en las redes sociales. Amigos juarenses me han contado que, a parte de la violencia de los últimas décadas, la ciudad se mueve, como la literatura, día y noche, pero es en la noche donde, bajo las luces neón de los bares, el estruendo del rock, las cumbias y cualquier otro género, van los ciudadanos y visitantes en búsqueda del divertimento y el placer. Ciudad Juárez, un espacio donde si pisamos al otro lado encontramos un nuevo idioma y forma de vida; frontera que necesita de la palabra para gritar que la ciudad existe ante todo el país y que es ella, como muchas otras, la que carga el peso de vivir cerca de los Estados Unidos. Desconozco casi todo de Ciudad Juárez, y al encontrarme con una antología poética de ahí no dudé en inmiscuirme por sus páginas…

 

*Escritor

FB: El Guardatextos

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