GABRIEL CONTRERAS VELÁZQUEZ*
GABRIEL CONTRERAS VELÁZQUEZ*

¡Les juro que fue un pedazo de gol! Corría el minuto 88 del partido entre España y Portugal. Llegué tarde al San Patrizio. Ahí, invadiendo el ambiente bohemio, el encargado del lugar instaló una enorme pantalla HD que rompe con la armonía, y que sin embargo enajena la mirada de los expectantes emocionados por ver el balón rodar de un lado a otro de la cancha.

Habían transcurrido 64 minutos de juego cuando arribé a la cafetería rústica. Unos pasos antes sentí la electricidad del futbol al pasar por el bar que está justo en el acceso. La narración, la gente imantada al mundo de una veintena de hombres, dos remeras se disputan la vida y la reputación desde el partido uno, el nacionalismo que electoralmente cuestionamos ahora nos hace efervescer. Ya me entiende, ¿no?

Los convocados al banquete de potencias futbolísticas comentaban satisfechos. ¡Y cómo no! Le dije a Memo, ¡si apenas en 64 minutos ya cuentan 5 goles! La marca apuntaba 3 tantos para la Furia Roja y 2 más para los Lusitanos. Se fueron veinte minutos más en los intentos por empatar o ensanchar la ventaja, yo seguía pegado al WhatsApp discutiendo agenda pública y elección, mi ocupación total en semanas después de la enérgica y fulminante Reunión Internacional de Minería.

Y es por esas dos que no he tenido chance de saber tino alguno del torneo en la re-contextualizada Unión Soviética, ahora en manos del ex KGB, Vladimir Putin. Así es, me crea usted o no, el pasado viernes 15 de junio, consagrado día Godinez, tuve mi primer contacto con la edición 2018 de esa justa que divide la vida en cuatrienios.

¡Ahhh, sí! ¡El pedazo de gol! Debió verlo usted estimado lector, ¡la pierna salvaje de Ronaldo! Mire, los portugueses empujaban a sus vecinos hispanos enfundados en uniforme blanco. Todos creíamos que la selección española se llevaría el crédito, nada mal para ser favorito en este mundial. Pero el reloj se acercaba al final del partido, y los del jersey rojo no cejaban en su intento por empatar.

Y les llegó la oportunidad. Siempre en el error de Gerardo Piqué o de Jorge Ramos (el consagrado anti-futbolista). Ronaldo se cuela entre la torpeza del esposo de Shakira y ¡zaz! el árbitro silba: tiro libre cerca del área chica. La audiencia en el San Patrizio espeta el clásico “Tsss, ya valió”. Huele a gol, a café, a humedad de lluvia, a viernes de oficina móvil y futbol. ¡Planetas alineados!

La barrera comienza a colocarse. La cámara enfoca a un Ronaldo serio, con un corte de cabello civilizado, midiendo la distancia, adueñándose del balón con los ojos, respirando profundo, cargando con sus hombros el peso del estadio y la oportunidad de bajar la llamarada de la Furia Roja al inicio del torneo. La oportunidad es única. Es el astro portugués contra la patria que lo ha tomado como demiurgo en Madrid. Sí señoras y señores, en el futbol el chovinismo no se esconde.

Viene el pitido del referí, el estadio silencia, y al fondo del pasillo, en el bar tres ebrios de ocasión, muy al horario mundialista, gritan como locos el estruendoso ¡gooool! Todos nos quedamos mirando y volteamos inmediatamente a la pantalla –que más tarde supimos está conectada a una señal que va atrasada como diez segundos en la transmisión– y esperamos el glorioso evento como medio troleados y como medio esperanzados.

Los cerveceados creían habernos anticipado la gloria, ¡pero no! ¡Las imágenes nos dejaron boquiabiertos! Déjeme le explico: nerviosos, atestiguamos a Ronaldo andar tres pasos al balón y meterle el pie de forma magistral, contundente, en una elongación breve, rítmica, ajustada, cadencial. Créame, los gritos al fondo apenas hicieron mella en nuestra conmoción.

Cuando De Gea voltea al lado izquierdo de la portería ya era tarde, el balón ya descendía y se deslizaba en la blanca red. ¡Gol, carajo! ¡Qué pinche gol! Otra vez un mundial me ha dejado ese dulce sabor de boca y un recuerdo inalterable.

Este viernes es sin igual. Hoy, además, el INE me ha informado que seré presidente de la mesa directiva de casilla, en la escuela donde habitualmente me toca votar. ¡Que tiemblen los mapaches, revienta casillas y compra votos! Este arquero no dejará pasar su balón por su portería.

¿Sabe usted? Las elecciones son como el futbol, contrario a lo que se piensa. Todos necesitamos formar parte de algo. En un bando o en otro. Siendo réferi o contendiente. Ahora me toca hacerla de árbitro y cuidar sus votos. Pero para que yo cumpla con mi chamba, usted tiene que salir a votar y llenar mi casilla, en día lluvioso. ¡Vaya partido! En fin, ayúdeme a enseñarles a los anti-elección que aquí jugamos al “fair-play”. Le espero para hacer historia.

 

*Analista político


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