GONZALO LIZARDO*
GONZALO LIZARDO*

“La película iniciaría en una cafetería de autopista, al lado de una gasolinera. Bebiendo su té de manzanilla, Sam discutiría con Dennis Hopper sobre la necesidad de releer a David Cooper, sobre la mala suerte del Liverpool en la Champions, o sobre los castos éxtasis que le inspira La novicia rebelde

 

 

Si José de Jesús Sampedro (alias «Sam») no hubiera existido, lo hubiera inventado algún novelista o cineasta underground. Lo imagino, por ejemplo, en una comedia de Richard Brautigan o, mejor todavía, en un thriller de Raymond Chandler (si éste hubiera vivido veinte años más y hubiera leído a los beatniks), o bien como personaje incidental en una road movie de Robert Altman o los hermanos Coen (en el tono de Barton Fink o de Raising Arizona).

La película iniciaría en una cafetería de autopista, al lado de una gasolinera. Bebiendo su té de manzanilla, Sam discutiría con Dennis Hopper sobre la necesidad de releer a David Cooper, sobre la mala suerte del Liverpool en la Champions, o sobre los castos éxtasis que le inspira La novicia rebelde. Bebiendo una cerveza, Dennis Hopper lo dejaría hablar y con sigilo sacaría una pistola de su portafolio para guardarla en su chaqueta. Detrás de la barra, una bella mesera (interpretada por Cher) subiría el volumen del radio para cantar, Hey honey / Take a walk on the wild side, con voz muy suave y ojos semi cerrados, Doo doodoo doo doo / Doodoodoo doo.

Al terminar la canción Sam bebería un poco de té para disimular un suspiro –aunque jamás lo reconocería, está enamorado de la bella mesera–, y enseguida hablaría sobre lo hermoso que sería no estar aquí, en este mundo banal, agobiado por los graves asuntos que hostigan a los adultos, «sino ser un niño, de preferencia inmortal, repleto de futuro, vacío de culpas y de errores».

—Si fueras inmortal, pronto olvidarías que fuiste un niño –lo interrumpiría Dennis Hopper, apurando su cerveza antes de pedir la cuenta–. Entre más se vive, más se olvida, y lo que primero se olvida es la infancia.

—No había considerado esa posibilidad –al presentir la proximidad de la mesera, Sam terminaría su manzanilla y con una servilleta limpiaría sus lentes–. Olvidamos nuestras edades más felices para evitar que nostalgia nos haga sentir más decrépitos cada día.

—Eso duele, pero suena lógico. Yo lo acepto así.

—Debería haber otra alternativa… por ejemplo, que no olvidáramos, con los años, las felicidades más lejanas, sino los dolores más próximos.

—Eso sería magnífico –los interrumpiría Cher, poniendo frente a ellos la nota–. No se imaginan cuánto quisiera olvidar el último año de mi vida.

—Eso sería más trágico aún, amiga –le respondería Dennis Hopper, depositando un billete arrugado sobre la mesa–. Si olvidáramos lo inmediato, seríamos siempre inocentes pero no llegaríamos muy lejos. O bien una noche, al mirarte al espejo, te preguntarías cuándo demonios te llenaste de arrugas y de cicatrices, por qué estás tan cansada, por qué sientes reumas en el corazón. Tendrías un alma de niña atrapada en un cuerpo de anciana y, para colmo, sin recordar las travesuras ni los errores de tu camino.

—Por favor, no hables así delante de una dama –Sam se levantaría de la silla para inclinarse ante ella–. Discúlpelo, señorita, este hombre no tiene la culpa por ser un jovencito imberbe: no sabe de la lucha de clases, ni admira André Breton, ni de los códigos caballerescos. Usted nunca envejecerá, señorita, usted siempre será bella como en mis recuerdos.

—No se preocupen –un leve pero franco rubor iluminaría las mejillas de la mesera–: ustedes dos son muy divertidos cuando se pelean. Vuelvan pronto.

—Así será, señorita –Sam haría otra reverencia, dando ocasión para que su amigo se pusiera de pie y caminara hacia la puerta–. Si mi corazón no perteneciera a Julie Andrews, se lo regalaría a usted, sin la menor duda.

A la salida del café, Dennis Hopper cargaría la pistola y la guardaría tras el cinto, lista para usarse. No tendría prisa para elegir, entre aquellos carros estacionados en la gasolinera, el más adecuado para proseguir su escape. Así que encendería un Lucky Strike para esperar a su cómplice, quien aún se estaría despidiendo de Cher, como si quisiera posponer el adiós o convencerla de seguirlos por el camino difícil.

«No es mala idea», concluiría Dennis Hopper, sin evitar una sonrisa. Y tarareando esa canción, Hey Honey / Take a walk on the wild side, terminaría por reconocer que si el Sam no fuera real, él mismo se encargaría de inventarlo, Doo doodoo doo doo / Doo doo doodoododo, en la novela o el guion que escribiría alguna vez, Doo doodoo doo doo / Doo doo doodoododo,, si conseguían escapar juntos a México, Doo doodoo doo doo / Doo doo doodoododo, para formar una editorial alternativa, y quizás organizar un festival literario, Doo doodoo doo doo / Doo doo doodoododo…

 

*Es Premio Internacional de Ensayo que otorgan la Universidad Autónoma de Sinaloa y la Editorial Siglo XXI, por el texto El demonio de la interpretación. Hermetismo, literatura y mito. Su libro reciente es Cristiano desagravio y retractaciones de don Guillén Lombardo


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