Alberto Chiu
Alberto Chiu

A ver, a nivel nacional se inscribieron –hasta la fecha de cierre de las inscripciones de quienes pretenden ser “observadores electorales”– apenas unos 19 mil 713 ciudadanos, según el registro del Instituto Nacional Electoral. Y en el caso específico de Zacatecas, la cifra es de solamente 146 solicitudes de registro como observadores, de los que todavía hay que hacer una evaluación, cernido, y selección de los aptos para la tarea.

Está bien, acepto que muchos me dirán que la tarea del “observador electoral” es quizás poco conocida, y mucho menos reconocida por los demás ciudadano; acepto que quizás no se ha dado la suficiente difusión a la importantísima labor que pudieran desarrollar estas personas en un proceso electoral; acepto que me digan lo que quieran… pero me queda claro que a muy pocos les interesa fungir como tales, a muy pocos les interesa brindarle ese servicio a la nación, a muy pocos les interesa… todo.

De acuerdo con lo que el propio Instituto Nacional Electoral establece en sus protocolos de capacitación, un observador electoral está facultado para asistir –precisamente como observador, viendo, aunque no interviniendo– desde el primer momento de las preparaciones e instalaciones de casillas, durante toda la jornada electoral, el conteo de los votos y llenado de actas, la integración de los expedientes y el momento en que se publican los resultados de cada casilla.

En pocas palabras, está facultado para hacer cualquiera de tooodas esas tareas que, en uno u otro momento, miles de mexicanos han cuestionado y puesto en duda. Un observador puede ser testigo fiel de un momento histórico, no como todos aquellos ciudadanos que, con la desconfianza de por medio pero sin haberse comprometido a estar cerca, ponen en duda que las casillas se instalaron a tiempo, o que se contaron bien los votos, o que se asentaron bien las actas, o que… cualquier pretexto para justificar una derrota personal.

A ver, pero si entonces los observadores electorales son a final de cuentas una especie de “ciudadanos fiel de la balanza” que pudieran esclarecer cualquier tipo de duda o suspicacia de los demás ciudadanos, ¿por qué no acudimos a ellos cuando tenemos precisamente esas dudas sobre cómo se llevó a cabo la jornada electoral en nuestra casilla particular? Muy sencillo: porque muchas veces también sus compañeros ciudadanos desconfían de ellos. Y así, señoras y señores, es como se juega el juego de la desconfianza mutua en donde suelen ganar las especulaciones.

La tarea del “observador ciudadano” es importantísima. Sus observaciones y sus conclusiones al término de la jornada electoral deberían ser, efectivamente, fiel de la balanza para confiar en los resultados de la misma. Su atención en todo el proceso debería ser una guía para que los demás supiéramos si las votaciones se llevaron a cabo con toda limpieza y honestidad, si hubo responsabilidad tanto de los votantes como de los funcionarios de casilla, y finalmente si hay algo que exigirle al árbitro electoral o no…

Pero no, lamentablemente –como lo demuestran las cifras de los inscritos para tan noble labor– la tarea de ser “observador electoral” parece no ser atractiva ni edificante ni digna para muchos. Parece ser un puesto tan “menor”, o tan “de adorno”, que pocos son los valientes y comprometidos que se animan. Parece, en términos llanos, que a medio mundo le vale un comino la posibilidad de ser testigo directo de la elección, y sin embargo sí abrazan con gusto la posibilidad de criticarla a ciegas, con toda “libertad”.

El llamado ya se cerró, definitivamente, gracias a los plazos legales. Lo que no se ha cerrado, es la posibilidad de que en la próxima elección sí haya verdadero interés a pesar del mundial de futbol y de las series de televisión, y que los mexicanos estemos dispuestos a poner más atención a lo que definirá el futuro de nuestro país, y no sólo esperemos los tiempos pertinentes para quejarnos sin sentido. Ojalá todos alcancemos a despertar la conciencia ciudadana.


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