Alberto Chiu
Alberto Chiu

Eufóricos, parece que andan los candidatos a la presidencia municipal de Zacatecas –y seguramente varios más que aspiran a otros cargos de elección popular– por la celebración de varios debates en los que, según cada uno de ellos (los candidatos), salen airosos y triunfantes marchando con porra de por medio por las calles del centro histórico. Mientras tanto, hemos quienes nos preguntamos ¿a qué hora empezarán a debatir?

La verdad es que tanto en los debates presidenciales difundidos en cadena nacional, como en aquellos que localmente llegan a ser distribuidos por los medios de comunicación o plataformas de internet, los llamados “debates” luego no pasan de ser una exhibición de la poca capacidad que tienen los debatientes para presentar adecuadamente sus argumentos y posturas, para defender sus posiciones, para refutar con la lógica y la retórica necesarias las posturas de sus adversarios, y para cerrar con conclusiones que puedan servirle al espectador a aclarar sus dudas sobre a quién apoyar.

Peor aún, ya quisiéramos tener candidatos que pudieran tener la facilidad de expresar sus propuestas y programas de acción gubernamental o de agenda legislativa en términos que al menos la mayoría de la gente pudiera entender, o que las explicasen –como se dice coloquialmente– “con manzanitas” para saber más o menos cuáles son sus intenciones y de qué manera se les puede exigir su cumplimiento, una vez que ganen las elecciones.

Lamentablemente, pareciera que en ningún lado se preparan los aspirantes para enfrentar solventemente un debate como debe ser, y por ello luego las intentonas devienen en abiertas confrontaciones de apodos; en señalamientos y descalificaciones que nada tienen que ver con el objetivo del tema o asunto a debatir; en eufemismos y falacias disfrazadas de “conceptos importantes, fundamentales, titánicos”. Vamos, pues, que los debates terminan siendo concursos de tirar rollos, con la esperanza de que el que más le pegue a los demás, es el que “gana”.

Se supone, en todo caso, que el gran ganador de los debates debería ser, en estricto sentido, el electorado. Y su triunfo consistiría en el contar con más elementos que le permitieran discriminar tanto sus propias concepciones del gobierno o de la legislación, respecto de las concepciones que tienen y muestran quienes quieren ser gobierno o legisladores.

Y tristemente, parece que resulta ser todo lo contrario: el gran perdedor por lo general es el electorado mismo, que ni obtiene mucha más información, ni se permite analizar tampoco a cada candidato, ni saca fruto de la contraposición de ideas y conceptos. Y acaba yéndose con la finta del candidato que más se le “acomoda” en su broncudez, o en sus dicharachos, o en su “bonita cara”, o en “lo bonito que habla”.

Creo que nuevamente el asunto es de educación. O más bien, de falta de educación y formación en tal confrontación de ideas, que pienso debería empezar a inculcarse desde la escuela básica, bajo normas y controles muy sencillos y fáciles de entender para, al mismo tiempo, fomentar la tolerancia, la participación activa y el respeto irrestricto a las distintas formas de pensar de los demás.

Sí, nos hacen falta debates de altura, y para ello necesitamos –nos urge– tener debatientes de altura también; que sepan expresarse claramente sin necesidad de llegar a la descalificación gratuita, pero también cuenten con la determinación de increpar y refutar las falacias cuando aparezcan en la discusión. Discutir siempre, teniendo claridad que una discusión no es lo mismo que un pleito ni una colección de insultos disfrazados de “señalamientos picantes”. Eso es acorrientar la discusión y el debate.

Todavía vendrán más oportunidades para que los aspirantes a los diversos cargos de elección popular “debatan”, y no estaría mal que quienes somos espectadores empezáremos a mandarle mensajes a esos candidatos, de que no estamos dispuestos a escucharles tonterías; de que les exigimos prepararse concienzudamente para cada encuentro; y de que si quieren nuestro voto, demuestren que lo merecen por su inteligencia, no por tener la lengua más larga.


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