Alberto Chiu
Alberto Chiu

Conforme pasan los días rumbo a la fecha en que habremos de elegir diversas posiciones en el Ejecutivo y el Legislativo, tanto a nivel local como en el federal, percibo que hay muchas personas que van albergando –y alimentando, además– la recochina sospecha de que “aquí hay gato encerrado” y, a fin de quedarnos con un país no-tan-desestabilizado, ya existe un arreglo cupular entre los principales partidos políticos y coaliciones.

Pero es que han habido tantos problemas internos tanto en los partidos como en las propias alianzas electorales, que de veras hay quien duda razonadamente si no será ésta una estrategia orquestada “desde arriba” para, particularmente, unos pierdan algunas posiciones convenidas, a cambio de otras, y a cambio de ciertos beneficios luego de los correspondientes cambios de gobierno y de legislaturas.

El escándalo más reciente a nivel local, por ejemplo, es el que ha metido al Partido de la Revolución Democrática (y de rebote a sus aliados el PAN y Movimiento Ciudadano) en problemas pues todos los que habían sido nombrados candidatos de ese partido quedaron ya fuera… por el momento. O al menos, así lo interpretan quienes piensan que todavía vendrá una batalla legal político-electoral de esos candidatos, que no piensan perder de ninguna manera.

En los demás partidos políticos y coaliciones, los problemas también se han dado como en botica (hay de todo), ya sea en luchas intestinas por ganar tal o cual candidatura, ya sea por cuestiones de género o de sector poblacional representado, ya por diferendos entre los partidos de una misma coalición por las posiciones en pugna.

¿Y qué piensa el electorado de todo ello? Curiosamente, conforme crecen algunos de los problemas partidistas y aparecen otros nuevos, hay quien asegura que las posiciones de los principales candidatos se van afianzando y las preferencias y tendencias van tomando forma hacia algo que, según perciben, ya está “arreglado” para que los triunfadores no resulten tan denostados por el triunfo, y los perdedores no resulten tan enojados…

Si semejante escenario (el del “arreglo cupular”) fuera cierto, y hubiera hilos que se jalan y se anudan desde el centro del poder, dejando un cierto margen de juego para que la gente sienta que en realidad sí cuenta su decisión ciudadana, estaríamos ante la escenificación de una gran farsa democrática que, más allá de conseguir el bienestar y desarrollo para el pueblo, únicamente perpetuaría la existente dependencia del pueblo para con el gobierno. Y quisiera pensar que no es así, o que al menos hay manera de evitarlo.

Y esa manera es, precisamente, la participación electoral el día de las votaciones. Una participación decidida, mayoritaria, que deseche los miedos al voto, al futuro incierto y a las represalias o revanchas políticas para los perdedores. Una participación que demuestre, en los hechos, que los mexicanos no tenemos miedo de expresar la voluntad ciudadana muy a pesar de que los partidos políticos no respondan cabalmente a nuestros intereses.

No se vale que, después de las elecciones, haya gente que se la pase quejándose de que los ganadores no están legitimados por la mayoría, cuando esa misma gente no fue siquiera a votar. Y no solamente se trata de que voten por un cierto candidato o partido de su preferencia, sino que ejerzan ese derecho que nos da nuestros sistema político amparado por la Constitución, y no rehúyan su obligación tras los pretextos de que “al cabo nada cambiará”, o que “mi voto no contará”, o que “a fin de cuentas todos son lo mismo”.

Con esas actitudes, por supuesto que se fortalece la sospecha del arreglo cupular, y se deja paso libre a las especulaciones sobre el destino de nuestro país, y en manos de otros la decisión sobre quién regirá las instituciones. No se vale escudarse en semejantes omisiones o apatía para no ir a votar, y la construcción de la democracia se hace desde casa llevando a todos los que pueden, a depositar su voto. ¡Hay que convencernos!

 


Deja un comentario