Alberto Chiu
Alberto Chiu

Desde que empezaron las campañas electorales, principalmente las locales para seleccionar a quienes serán diputados y presidentes municipales, en los medios electrónicos han proliferado imágenes de un montón de candidatos y candidatas que, ostentando sendas sonrisas y poses, agarran una escoba y barren 2 metros de calle, o una pala y hacen como que plantan un árbol, o abrazan y besan bebés, ancianos, personas con discapacidad, con tal de ganarse la empatía de algún posible elector.

Los dichos populares, sin embargo, luego llegan con el mismo o mayor peso que aquél con el que fueron creados: primero vienen y nos ponen cara bonita, y cuando llegan al poder, ni se acuerdan de uno. Pero así son las campañas políticas que vivimos, en las que brillan las imágenes y las apariencias, y brillan por su ausencia las propuestas concretas en temas que sí les corresponderá atender, ya sean de gobierno o de agendas legislativas.

Nos hemos acostumbrado –y eso ya de por sí es bastante malo– a no ser lo suficientemente críticos como para estar atentos a lo que dicen y no tanto a lo que aparentan hacer, pues está más que visto que atendemos más a lo que nos dicta el corazón, que a lo que nos debería exigir la razón. Sí, las campañas políticas actuales me parecen el reflejo de la apatía a la que hemos llegado como sociedad.

Una apatía que no sólo se manifiesta desde el momento en que “nos vamos” con la imagen de un candidato, con sus discursos melosos repletos de lugares comunes y frases hechas precisamente para no decir nada sustancial y sí mucho de aspiracional que nos endulzan el oído y nos tapan los conductos de la razón.

Lamentablemente, esa disociación entre lo aspiracional y la expectativa real a partir de plataformas de acción concreta por parte de los candidatos, ha provocado ya en muchos de los ciudadanos un encono que podemos palpar en las redes sociales, y que de cuando en cuando emerge también en las conversaciones de café, en las reuniones de amigos y familiares, e incluso permea en algunos servicios religiosos y asociaciones de grupos pretendidamente apolíticos o apartidistas.

Y mientras ese encono por la diferencia de opiniones se basa en los sentimientos, se sigue ausentando el debate de fondo basado en el raciocinio, en la contrastación objetiva de planes y programas de los candidatos. Llegamos a pelear por candidatos con la víscera en la mano, pero no discutimos con el cerebro bien puesto, además de que muchos se toman posiciones que presumen inamovibles, y no aceptan ni siquiera la posibilidad del disenso.

¿A dónde nos va a llevar ese estado de las cosas, si seguimos metidos en la vorágine de la visceralidad y no atendemos al análisis, el estudio y hasta la propuesta de alternativas? Creo que a ningún lado más que a acrecentar el encono y a que, sea cual sea el resultado de la elección próxima, existirá el sospechosismo de la jugada fraudulenta y el rencor hacia el ganador. Y eso seguramente no nos ayuda ni como país ni como sociedad.

Ojalá tratemos, en estos cerca de 50 días que nos quedan de campañas, de dilucidar perfectamente esas dos caras que nos presentan los candidatos: la de las actitudes y poses para la foto, y la verdadera de las propuestas concretas. Ojalá evitemos irnos con la finta de las primeras, y reflexionemos mejor sobre las segundas. Y finalmente, ojalá votemos habiendo realizado nuestro más sincero y objetivo análisis sobre las segundas, incluso aunque nuestro corazón nos diga que “es que el otro candidato habla más bonito” o “es que el otro candidato se ve más buena onda”.

Ya también en las redes sociales circulan montonales de publicaciones que nos invitan a no votar por tal o por cual simplemente porque toman una postura maniquea de que sólo hay uno bueno y todos los demás son malos. En la política, como en todo, hay matices que debemos valorar.


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