*Rafael Calzada Vázquez
*Rafael Calzada Vázquez

Los sistemas políticos en el mundo pueden ser una palanca de desarrollo o un factor de atraso para los pueblos. Cuando se diseñó el sistema constitucional de los estados unidos, se buscó con el mecanismo de pesos y contrapesos que los poderes no se concentraran en una sola persona y que el poder legislativo no radicara en una sola persona. Ello, junto a la tradición del ejercicio del poder por el “hombre fuerte” de nuestras raíces hispánicas, determinaron nuestro destino con la implementación del presidencialismo imperial con el que el “supremo” poder ejecutivo ha desdibujado en los hechos al legislativo y al judicial en muchas ocasiones. Con el triunfo del Cardenismo en el ochenta y ocho, (aun cuando no le fue entregada la presidencia ni reconocido su primer lugar en las elecciones al Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, el sistema de partido casi único (como lo definió en su acercamiento conceptual el propio Salinas) fue negociando con las fuerzas políticas presentes un esquema gradual de transición a la democracia que no ha podido consolidarse. Ni con la alternancia Foxiana, ni con la de Peña.  Por la percepción de una realidad en que el PRI y el PAN, cuidaron y representaron el mismo núcleo de intereses en el país.  Así Salinas tuvo algunos parlamentarios de oposición que lo exhibieron y que le establecieron acotamientos aun cuando la oposición ganaba los debates perdía en la votación. Zedillo tuvo un poder legislativo combativo y una conciencia democrática que no se ha reconocido lo suficiente, pero entre otras cosas se crea el IFE, ciudadanizado, (al menos la primera generación) y se modifica la constitución para reformar el poder judicial de la federación y dignificarlo con una corte respetable (casi siempre) y un esquema de impartición de justicia casi siempre apegado a la concepción de derecho y orientado por el valor justicia. Así gradualmente la presidencia imperial tuvo equilibrios precarios con la integración de las cámaras legislativas  y  a través de la suprema corte de justicia, aun cuando solo tiene un esquema de control constitucional expost y no ex ante, como sería deseable (de lo que me ocuparé en otra ocasión). Pero así como la presidencia imperial fue el mecanismo de pacificación del país con Porfirio Díaz y con Plutarco Elías Calles, o de transformación profunda de las estructuras económicas como en el sexenio de Lázaro Cárdenas, ha sido una de las grandes debilidades de nuestra nación el no contar con poderes judicial y legislativo suficientemente fuertes como para equilibrar al denominado constitucionalmente “supremo poder ejecutivo”. Ahora con el proceso electoral en marcha se da, con el pulso social y con la lectura de las encuestas, una percepción de la política electoral que llevará a una apabullante victoria de Andrés Manuel López Obrador. Que, por cierto, es la única manera de que el régimen reconozca su triunfo y le entregue el poder. Que no se haga fraude o exista la tentación de hacerlo por el ejecutivo actual y su séquito político y económico. Y ahora se presenta la disyuntiva: ¿Necesita tener como apoyo un Poder Legislativo a modo? o por el contrario ¿Se requiere un poder legislativo con un signo político diferente al suyo que le sirva de equilibrio?  Quienes opinan que requiere el respaldo incondicional del legislativo, para frenar la corrupción y poner orden promueven el voto masivo por Morena.  Los que temen un poder legislativo sojuzgado no tienen más alternativa que promover el voto diferenciado. La experiencia nos dice que cuando un líder político encabeza un movimiento electoral, jala consigo a todos los candidatos de su partido a las diferentes posiciones. La tendencia es irreversible.

 

rcalzadav@gmail.com


Nuestros lectores comentan

  1. Víctor Manuel Sánchez Estrada

    Debe de prevalecer el equilibrio de poderes, no se puede cambiar el poder por el orden ni viceversa, ni el orden por el poder. Para que el equilibrios de poderes sea justo y perfecto se requiere de legisladores libres y de buena conciencia, para llegar a la luz del conocimiento en el bien supremo del pueblo, con la mayoría absoluta o sin ella. Todo por el bien común.
    Es cuanto…