Alberto Chiu
Alberto Chiu

La Conferencia del Episcopado Mexicano hizo ayer un posicionamiento fuerte, en voz de la iglesia católica en nuestro país, para llamar a los candidatos a conocer la realidad y no hacer oídos sordos a las necesidades del pueblo, al mismo tiempo que se comprometió (y comprometió a todos sus ministros) a impulsar la participación ciudadana con el mayor respeto e imparcialidad, como le corresponde hacer.

Ahí estuvo presente el obispo de la diócesis zacatecana, Sigifredo Noriega Barceló, dando lectura a algunas partes del largo comunicado de la iglesia particular mexicana, y respondió también algunos de los cuestionamientos que les hicieron los medios de comunicación presentes, de entre los cuales obviamente llamó la atención la pregunta sobre si apoyaban o no lo declarado públicamente por el obispo de Chilpancingo, Guerrero, acerca de un encuentro que sostuvo con miembros del crimen organizado.

Fue muy interesante, por decir lo menos, lo que el obispo Noriega Barceló respondió al reconocer la valentía del testimonio del prelado de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, “por ser puente, y no muro” al establecer ese encuentro con criminales, arriesgando la vida y en defensa de su pueblo.

En resumidas cuentas, la iglesia católica respaldó a Rangel Mendoza en su “expresión pastoral” de atender a quien sea, aunque no se trate de una cuestión común sino más bien circunstancial tratándose de delincuentes, y defendieron los obispos esa apertura, mientras viven también algunos sacerdotes amenazados e incluso algunos muertos o desaparecidos.

¿Hasta dónde puede la gente –o quizás la autoridad civil– llegar a reclamar o incomodarse por encuentros como el narrado por monseñor Rangel? ¿Qué tanto se puede prestar a interpretaciones desviadas o incluso sesgadas sobre el motivo y los resultados del riesgoso encuentro que sostuvo? Sin duda que puede haber muchas interpretaciones, pero…

Sea como sea, el sacerdote cuando es llamado tiene la obligación de acudir a ayudar, en lo espiritual por supuesto, a aquellos que lo solicitan sin anteponer alguna clase de prejuicio ni por la condición social ni por el estilo de vida de quien lo pide, pues finalmente para ello están preparados, y si es que se detecta algún riesgo personal, pues ahí también están preparando sus propios protocolos de prevención y medidas de cautela ante estas situaciones. Vamos, pues, que ni se arriesgan innecesariamente, pero tampoco se sustraen de estos asuntos.

Son los sacerdotes, ahora, quienes parecen estar tomando en sus manos –al menos eso lo parece a partir de este caso en particular hecho público– esa parte de la atención social, el diálogo con la sociedad civil, el diálogo con los candidatos políticos o con cualquiera, buscando siempre impulsar la búsqueda de la paz y la concordia entre todos, cosa nada fácil ni políticamente ni en materia de seguridad.

Por supuesto que vendrán las discusiones éticas y morales acerca del diálogo con la delincuencia, del perdón (al menos del perdón de los pecados de esos delincuentes, desde la óptica de la religión y la espiritualidad); y vendrán las discusiones sobre si chocan estas prácticas o no con el imperio de la Ley y la impartición de la justicia, pero por lo pronto con este posicionamiento de ayer la Iglesia dejó en claro que su propuesta es evitar la deshumanización de la sociedad, expuesta a tantas formas de violencia, y precisamente el episodio narrado por el obispo Rangel se centra en esa propuesta.

Y vendrán las discusiones (al menos eso espero) sobre la llamada “laicidad positiva”, esa que involucra la colaboración de la iglesia (o más bien, las iglesias, todas) con el Estado mexicano, no sólo en un proyecto pastoral religioso, sino metidos de lleno en un proyecto de nación que, me parece, ya todos los candidatos a la Presidencia de la República deberían esbozar ante la ciudadanía, pues la famosa separación de iglesia y Estado no significa que sus políticas de atención sean necesariamente excluyentes. ¿Podremos llegar a ese status algún día?


Nuestros lectores comentan

  1. José Escobedo Domínguez

    EXCELENTE COLABORACIÓN BETO, TE DIGO CON SEGURIDAD QUE HA SIDO UNA DE LAS MEJORES Y MÁS TRASCENDENTES, PORQUE HAS TOCADO EL PUNTO VITAL, EN QUE LO LAICO ES AHORA DIFERENTE AL DEL SIGLO XIX Y XX. EL PROYECTO DE NACIÓN ES DE TODOS. LOS FUNDAMENTALISMOS NO DEBEN DAÑAR MÁS AL PAÍS. SOMOS UNA NACIÓN LASTIMADA POR SIGLOS. DESDE AHORA DEBEMOS DE INICIAR LO QUE BIEN PROPONES: ABRIRNOS AL DIÁLOGO POR EL BIEN DE LA SOCIEDAD. ESO ES TODO. COMO OBLIGACIÓN PARA TODOS LOS PARTIDOS Y POLÍTICOS, LO MISMO QUE A TODAS LAS RELIGIONES. ES TAN FÁCIL COMO EMPEZAR UN NUEVO DÍA CON UN ÁNIMO CREATIVO. MIS RECONOCIMIENTOS AL OBISPO NORIEGA BARCELÓ. ESA GENTE DE SONORA, SIEMPRE SERÁ NOBLE Y LEAL. HE VIVIDO CON ELLOS.