Alberto Chiu
Alberto Chiu

Si no me equivoco en la interpretación de lo que dijo, según Sergio Octavio Contreras, director del Centro de Investigaciones del IZAI, el ambiente electoral se está viendo enrarecido debido a la abundancia de información (una cierta, otra dolosamente falsa) que se distribuye a través de las redes sociales y medios electrónicos, y deja la grave responsabilidad de discriminar a qué hacerle caso y a qué no, en manos de los usuarios de dichos medios.

¿Estamos verdaderamente sufriendo de esa “obesidad informativa” en este mundo “hipertransparente”, como para que se afecten las decisiones de nuestro posible voto por uno u otro candidato en las próximas elecciones? Creo que sí. Pero tal vez no todos aquellos que usan las redes o los medios electrónicos, sino particularmente quienes están lejos de los medios veraces y sólo se dejan influir por los sensacionalismos, las modas, los memes, los chismes de Facebook, Twitter, YouTube, etcétera.

Ante esta “hiperinformación”, me parece que los partidos políticos y particularmente muchos de los candidatos actuales están por un lado aprovechando la situación, por ejemplo, para hacer campañas parciales y netamente mediáticas, vacías de propuestas reales que además sean entendibles por quienes los leen. Y por otro lado, están dejando de lado el acercamiento personal hacia los electores, quizás pensando que las elecciones se ganan en las redes, o algo así.

Una sociedad mejor informada, se supone, debería tener mejores posibilidades de transitar hacia una democracia madura, basada en el conocimiento tanto de los candidatos como de sus plataformas electorales, planes y programas de acción, pero actualmente las redes están invadidas de toda clase de spots publicitarios, descalificaciones, rumores malintencionados, campañas de los llamados bots para atacar a candidatos en particular, y toda clase de noticias falsas (las famosas fake news) que, con un poquito de insistencia y tozudez, logran metérsele a la gente entre las orejas.

Creo que los propios partidos políticos deberían, a través de sus miembros en las legislaturas (por ejemplo) o por sí mismos ante las instancias electorales, impulsar alguna clase de regulación en los medios electrónicos, a la vez que ofrecer información más “digerible” para la sociedad en general de manera directa con los ciudadanos, pues ya parecen más “partidos de internet” que otra cosa.

Es curioso que en esta “hipertransparencia” como lo llama Sergio Octavio Contreras, los programas de acción y plataformas electorales sea de lo que menos se sabe en internet, y quizás no es que no existan (quisiera pensarlo así), sino que a estos documentos o líneas de trabajo de partidos y candidatos no se les da la misma difusión que, por ejemplo, a las encuestas electorales de toda clase de empresas patito, o a los videos editados para magnificar los errores de tal o cual candidato, o sus dichos, o sus gestos… se privilegia el chisme, la banalidad, pues.

Por supuesto, también está la responsabilidad (o más bien, irresponsabilidad) de los electores por informarse personalmente acerca de los candidatos, de los partidos que los impulsan, de las propuestas de cada uno, para disponer de elementos reales que les ayuden en la decisión del voto, y creo que también ahí hay una abulia impresionante, un desinterés generalizado (provocado por los propios políticos, hay que reconocerlo), que obstaculiza la más pura y asertiva toma de decisiones.

Entonces, si los partidos y sus candidatos privilegian el bombardeo mediático pero vacío de información relevante o valiosa para formar criterio, y los electores privilegian el consumo de “información basura” llena de supuestos, dichos, trascendidos, chismes y rumores, ¿cómo carajos esperamos que nuestras elecciones puedan ser ejemplo de un criterio político y social maduro expresado en las urnas conscientemente? Para hacer ciudadanía, informémonos, investiguemos, no nos quedemos sólo con el meme o el chisme, busquemos los documentos oficiales que nos digan cómo actuará tal o cual candidato, y luego de analizarlos, decidamos. O correremos el riesgo de votar por el más popular en Facebook o Twitter, pero que quizás no es el mejor.


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