ENRIQUE LAVIADA CIREROL*
ENRIQUE LAVIADA CIREROL*

Me siento a escribir de nuevo con entusiasmo. He pensado siempre que hacerlo implica una buena dosis de sentido crítico frente a la realidad. Como ya lo he dicho en otra parte, me inicié en el oficio encima de una máquina Olivetti, cuyo modelo correspondía al mismo año en el que yo había visto por primera vez la luz del día, o más bien dicho la de las lámparas que por la noche iluminaban la vieja clínica de las monjas del Sagrado Corazón de Jesús, en la capital del país.

Mi máquina de escribir era verde, sus teclas de un tono un tanto más oscuras, los rodillos negros y lustrosos. Dos carretes a uno y otro lado giraban en sentido contrario a las manecillas del reloj, al tiempo que una cinta roja y negra proveía ambas tintas. Filas de pequeños linotipos hacían la profundidad de su mecanismo y eran la expresión material de las letras del abecedario, tanto minúsculas como mayúsculas, y de un catálogo de signos de puntuación, admiración, interrogación, afirmación y exclamación, paréntesis y las infaltables comillas para atraer dichos o textos de otras personas.

Debo confesar públicamente (no es ironía) que todavía escribo con dos dedos. Es cierto que no lo hago de manera lenta; sin embargo, envidio a quienes (supongo) sí terminaron alguno de los cursos de mecanografía que se ofrecían en las escuelas secundarias y técnicas, pues eso les permite usar los diez dedos de las dos manos. Lo envidio. Al ver ese movimiento pienso en un piano, en pianistas. Imagino la música que sale del contacto de sus dedos, dándole un plano imaginario al ruido que suele inundar las redacciones de los periódicos, justo a la hora en la que todos llegan de la calle y se disponen a escribir (en un sentido periodístico) o interpretar (en un sentido musical). De nuevo escribo.

Ahora lo hago sobre un teclado blanco, frente a una pantalla blanca y resplandeciente de una computadora también blanca, fabricada por Lenovo Group Ltd., compañía fundada en 1984 por un tal Liu Chuanzhi y cuya sede se encuentra en Beijing, China, y su correspondiente representación de negocios en Carolina del Norte, Estados Unidos. La empresa mundial se fortaleció tras la compra más o menos reciente del gigante IBM, con miles de empleados trabajando bajo el lema de que “la innovación nunca se detiene”, algo que a estas alturas podría significar una amenaza, sobre todo después del último congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), que ha pasado del legendario liderazgo de Mao a la posterior modernización de Deng Xiaoping y el actual encumbramiento conducido por Xi Jinping, el “gran tigre”.

Para hacer resonar sus palabras entre los monumentales muros del Gran Palacio del Pueblo, el “gran tigre” ha dicho, en el pleno del partido, que todos los funcionarios chinos “deben respirar como el pueblo y compartir el mismo futuro”. Se trata del líder absoluto y plenipotenciario que tendrá en sus manos el timón de la economía más grande e influyente del mundo actual, con un cálculo de predominio que se extiende hasta mediados del presente siglo en el que, se dice, todo terminará por tener algo de chino.

Pareciera que, para la cultura occidental, ese presagio representa algo así como una muerte segura, pero lenta, y extrañamente protagonizada por quienes alguna vez pretendieron acabar con el capitalismo y ahora deciden sobre su futuro. Me sorprende que entre muchos de los autores de la “historia del futuro” y en el enjambre de científicos que “no terminan de innovar” se siga omitiendo la responsabilidad crítica de evitar el florecimiento total del autoritarismo. El fin de la historia, dice Albert Camus, “no es un valor de ejemplo y perfeccionamiento”, al contrario: “es un principio de arbitrariedad y de terror”, y ahora creo que es más evidente que nunca.

Recuerdo que la Olivetti no era renuente pero si resistente. Había que teclear con fuerza para escribir a la sazón de 64 golpes y 38 líneas que componían cada cuartilla. Por cierto, tenía un olor peculiar: era una mezcla del que es característico del acero y otro que correspondía a la tinta. Los ordenadores de hoy en día son inodoros, aunque debo reconocer que su resplandor es tan fascinante como ignoto. Creo que nadie sabe realmente cómo funcionan ni mucho menos cómo realizan tantas y tan complejas funciones (me refiero a lo que el común de la gente podemos entender), lo que me lleva a la imperiosa necesidad crítica de relacionar mi vieja máquina Olivetti con la función humana de pensar.

Es conocida la frase de T. Adorno: “la necesidad de pensar es lo que nos hace pensar”. Con esto me interesa llamar la atención del lector hacia la “autenticidad de la crítica” y, en consecuencia, me ajusto a la necesidad de conjugar en futuro: estoy seguro de que será necesario erigir entre nosotros la crítica de la (in)consciencia, la crítica de la (in)comunicación, la crítica de la (in)felicidad y la crítica de la (in)defensión; es decir, crear espacios reflexivos frente a la sociedad que es producto de lo que Zygmunt Bauman llama “modernidad liquida” y que, como agrega puntualmente, es “poco hospitalaria a la crítica”.

En los tiempos en los que escribía sobre mi máquina Olivetti, la misión de la teoría crítica se debía centrar en “la defensa de la autonomía privada respecto del avance de las tropas de la esfera pública”. Hoy, en cambio, la avalancha tecnológica anula al ciudadano (y de paso a la Polis), reduce al mínimo posible “lo colectivo” y misteriosamente crea infinitas redes compuestas por solitarios en busca de su propia salvación o simple consuelo. Se confirma, en efecto, la sentencia de S. Freud en el sentido de que cada individuo se convierte, quizá inconscientemente, en enemigo de la civilización.

Desde mi punto de vista estamos en la cresta de la ola del autoritarismo. Los líderes políticos parecen competir hasta el exceso en la personalización del poder a la manera Putin en Rusia, Trump en  Estados Unidos y Yiping en China. Su descomunal poder es indudable y, al mismo tiempo, escalofriante. Ninguno de los principios de la democracia es contrapeso suficiente. Los líderes democráticos de la vieja Europa están literalmente confinados al papel de actores de reparto. La política mundial procrea protodictadores por todas partes. De ahí que la crítica deba dirigirse expresa y urgentemente hacia la (in)diferencia colectiva.

La nueva era tecnológica convierte al predominio autoritario en una subcultura de las masas. Se vuelve, pues, una verdad corriente o una propensión vulgar. Pareciera que nadie duda de la efectividad del autoritarismo. A nadie le importan sus consecuencias a futuro. Lo único “real” es que atiende a las necesidades (in)mediatas de las masas. Esa circunstancia provoca una anulación incesante e inmisericorde de la noción democrática, mientras el espíritu se hunde entre fanatismos, verdades absolutas, fundamentalismos y rencores históricos, ya sean reales o inventados, da igual.

La crítica es la forma ácida del pensamiento. Mi vieja máquina Olivetti me recuerda que el oficio de escribir tiene sentido en la medida de que sirva como alimento de la razón crítica, justo en medio de la (in)mundicia autoritaria. Aclaro que no tengo miedo ni absurda nostalgia, es sólo que no me resigno a que la tecnología sea la palanca de una “apasionada servidumbre”. Con Camus comparto que la teoría crítica de nuestro tiempo debe considerar muy seriamente o antes de que sea demasiado tarde, si se quiere, aquello de “me rebelo, luego existimos”. Y lo escribo encima de la Lenovo.

*Director general de NTR Medios de Comunicación

 


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