ADOLFO LUÉVANO*
ADOLFO LUÉVANO*

“Robert Bloch no era un escritor desconocido para la mayoría de los lectores, para el público del cine y ni siquiera para los televidentes ordinarios, sino alguien bastante familiar, cuando menos para el gran público norteamericano”

 

Respecto a Psicosis, ya me he topado varias veces con un comentario que me pone a hervir la sangre: “El genio de Alfred Hitchcock ha conseguido que la película supere por mucho a la novela en la cual está basada”. En una ocasión un cinéfilo incluso tuvo el atrevimiento de calificar de mediocre al libro de Robert Bloch. Para entonces yo ya lo había leído y, por lo tanto, el comentario me pareció terriblemente injusto, una señal –repuso mi orgulloso yo-lector, partidario a priori de los escritores antes que de cualquier sujeto con un oficio distinto–, una señal, decía, de que el tipo no tenía aún esta novela entre sus lecturas y, perezoso, nada más se había sumado a una tendencia de apariencia segura. No me malinterpreten: la versión de Hitchcock es una joya, desde luego; pero así como se afirma esto, de igual modo se tiene que decir que la novela de Robert Bloch es por sí sola un relato alucinante, con todo el misterio, los efectos que permiten sostenerlo en la imaginación del lector, y aun con la velocidad que tanto nos gusta en la película.

Me sorprende el olvido en el que, entonces, ha caído la anécdota según la cual Hitchcock, apenas se hizo de los derechos para filmar Psicosis, mandó retirar de las librerías cuantos ejemplares fuera posible. Más de una razón tenía: en primer lugar, porque en aquellos años Robert Bloch no era un escritor desconocido para la mayoría de los lectores, para el público del cine y ni siquiera para los televidentes ordinarios, sino alguien bastante familiar, cuando menos para el gran público norteamericano; enseguida, porque esta maniobra formaba parte de toda una estrategia comercial, cuya fase ulterior sería la de prohibir la entrada a la sala de cine una vez que la función hubiera comenzado, y a la vez incitar a quienes ya la hayan visto a guardarse los detalles clave de la trama, todo esto con el afán de intrigar a los demás, de engrosar las cifras de la taquilla y luego las de las librerías y, por último, porque después de todo la adaptación cinematográfica le sería fiel al libro.

El propio Hitchcock fue un lector fascinado con el relato de Bloch, de ahí que su reto consistiera en trasladar con éxito al lenguaje del cine la misteriosa vida de la pequeña familia Bates, tal como aparece en la novela. El mérito de Hitchcock radica en habérselas ingeniado para mantener los secretos tal cual hasta el punto donde Bloch lo hace. Así, por ejemplo, para ofrecernos las ásperas conversaciones entre Norman y Norma sin revelarnos el macabro juego que en ellas ocurría, Hitchcock optó por la voz en off, recurso en cuya invención además fue pionero. Recuerdo con especial agrado el momento en el que Norman traslada a su madre al sótano. Escuchamos los reclamos de Norma mientras la cámara los sigue a ambos desde arriba, ocultándonos pues sus rostros. Es lo más cerca que Hitchcock está de decirnos la verdad, antes de que el espectador empiece a crearse sospechas demasiado próximas a la realidad.

Por su parte, tal vez temeroso de que el final le resulte al lector un truco sucio, un efecto forzado, sacado de la manga, Robert Bloch se arriesga mucho más. Su narrador vuelve con frecuencia a la afición de Norman por la taxidermia, a la mención de la soledad y de las extravagancias que pueden derivar de ella; más de una vez suma a los diálogos de Norman un doblez reconocible (“deja de hablar contigo mismo”, llega a decirse el personaje), que debe ser entendido como una pista, entre muchas pistas más.

Pero también es prudente y se asegura de que ciertas omisiones no sean sospechosas. Si, por ejemplo, ya ha descrito el rostro de Norman (que, a propósito, no es tan encantador como el de Anthony Perkins), entonces debe ofrecernos alguna descripción del de la madre. Y lo hace, pero sin acercarse más de lo debido, asegurándose de poner una cortina de vapor, por mencionar un caso bien conocido: “El ruido de la ducha no le permitió oír cómo se abría la puerta de la habitación ni los pasos que se acercaban. Y cuando las cortinas de la ducha se abrieron el vapor oscureció aquel rostro. Fue entonces cuando lo vio: un rostro que miraba entre las cortinas, colgando del aire, como una máscara. El cabello aparecía cubierto por un pañuelo y los vidriosos ojos la miraban inhumanamente; pero no era una máscara; no podía serlo. La piel estaba cubierta de polvos blancos y había dos rosetas rojas en las mejillas. No era una máscara. Era la cara de una vieja loca”.

Pasajes como éste han sido construidos con la pericia de un relojero. Y por ello no puedo sino ponerme un poco loco cada vez que alguien menosprecia el trabajo de Robert Bloch.

 

*Profesor y lector


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