FRANCISCO LEANDRO*
FRANCISCO LEANDRO*

“La temachaca la conozco solamente hervida con un jitomate y un diente de ajo, y el huache en una tortilla con chile colorado”, le dije a Chicho, mi tocayo, mientras nos servían un León Rojo en La Bodeguilla. Allí, así empezó una amistad, que más que eso yo la consideraba una cátedra ocasional; en cada plática aprendí algo.

Siempre había escuchado que el alma no envejece, que lo que se arruga es el cuero; Chicho era de esas personas. El epígrafe para la plática era sacar la caja de Lucky Strike y ofrecernos un cigarrillo.

Me parecía formidable su manera de estar dentro y afuera, de formar parte de un círculo de pintores consagrados, y a la vez ser solitario. “Anduve con tal, tal y tal, fuimos a tal y tal cantina, luego fuimos al taller de tal, pero no, esa plática no me gustó y mejor me vine a mi taller, acá solo, a pensar pendejadas”. Eso me lo dijo Tarcisio más de una vez.

Como simple espectador del ir y venir de becas, de ver cómo los artistas se las acababan en los cafés y bares donde servían caguamas, de ver cómo es que al final tenían que juntar a gente para darles cursos intensivos de alguna disciplina para “desquitar”, le pregunté a Pereyra por qué las cosas eran y son de esa manera, y por qué el ambiente de los creativos estaba muy demeritado en Zacatecas, y me contestó: ¡Todos somos una bola de envidiosos!, mientras reía tímidamente cubriendo la dentadura con el labio superior.

Siempre he sido de los que el domingo por la tarde recuerda que necesitan su antidepresivo, no por seguir el cliché, sino porque ignoramos que la semana empieza desde el domingo, la empezamos desde el lunes y así ya no hay mucha oportunidad de mejorar; mal empezaste y mal acabas. Pero de repente llegaba Chicho, a la tiendita de abarrotes que fue mi gran ilusión y vieja cicatriz familiar, y con una charla de siete minutos (lo que dura el cigarro), te alcanzaba a salpicar de los óleos que compraba a veces en Velazco y a veces en no sé dónde, platicaba tan bonito de sus próximas esculturas y caballetes para la “próxima semana” que olvidabas lo decadente que puede ser tu esperanza cuando acabaste con tu ENERGÍA, en las 48 horas anteriores.

Estos recuerdos sin estructura no son porque haya muerto; mi compadre, mi carnal y mi mejor amigo saben que yo siempre dije: pinche Chicho, es un chingón.

Salud hasta donde estés, pero con un mezcal blanco.

 

*Periodista. El Diario NTR


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