EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*
EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*

Tú, Señora, desta suerte

resplandeces, pues se advierte

Que si veniste Lucida,

Siendo el resplandor tu vida,

Más luces hoy en la muerte. [sic]

 

Zacatecas, 1697: eran las diez de la mañana de un día de febrero. El repiqueteo constante de las campanas, significado de que algo estaba sucediendo, se escuchó en la ciudad. La gente salió de sus casas, corrían las voces entre unos y otros intentando descubrir el acontecimiento, y supieron, que las honras fúnebres de la reina, Mariana de Austria, iniciaban. Dicha muerte ocurrió casi un año atrás, cuando la madre del rey Carlos II se encontraba enferma, decaída, por un cáncer de pecho. Llegó la noticia a todas las colonias y en cada ciudad se planearon las honras fúnebres a tan figura. En Zacatecas, sin quedarse atrás, previo acuerdo del Cabildo, en obedecimiento a la Real Cédula desde Madrid, se planearon las ceremonias. Fue el corregidor de la ciudad el que se encargó de las fiestas: las autoridades civiles, los mineros, los comerciantes y el pueblo en general secundaron al corregidor y al vicario ante todo el programa que estaba planeado. El repiqueteo de la Iglesia Mayor seguía, y su sonido hizo que los demás campanarios de otras iglesias despertaran y se unieran a tan constante melodía. Una ciudad llorando la muerte de la reina.

Frente a la casa del Cabildo, las autoridades civiles y el pueblo en general, con vestidos de luto y dignos de sus categorías, esperaban la salida para comenzar el cortejo. Antes de arrancar, el pregonero, con voz fuerte y clara, señaló el motivo por el que todos se encontraban ahí. Y de repente las campanas continuaron su clamor por un número grande de repeticiones, como si dicho ruido intentara alcanzar las puertas del cielo y que la reina, ya en otro mundo, lograra escucharlas y bendecir a todos por tan buenas acciones.

En la tarde regresaron a la casa del Cabildo, y las rogativas en los templos no cesaron.

Días después, que era el señalado para la ceremonia principal, toda la sociedad se juntó en el ayuntamiento para dar el pésame público entre las autoridades y la gente común. El local donde se hicieron estaba revestido sencillamente, de colores negros y galones blancos, y dícese que la alfombra albergaba las lágrimas de todos los asistentes. En la parte superior estaban las armas reales y un retrato de Carlos II.

Se recibía a la gente que iba a dar el pésame. La sala estaba ocupada por gente importante. Los tenientes y el corregidor alzaron la voz agradeciendo a la población por tan grandes fiestas hechas. La condolencia fue lo primordial en ese día. Al término de la ceremonia se continuó el acto religioso en la Iglesia Mayor. Ahí se mandó hacer un túmulo, de aproximadamente 15 varas de altura, en tres partes, como una pirámide, y en la cima un ataúd simulando el cuerpo de la reina. En toda la iglesia se leían incrustaciones, poemas, por la ceremonia, que fueron encargados a los personajes más importantes de la ciudad.

En la iglesia no faltó ni un alma de la gente de alcurnia. La ceremonia religiosa estuvo a cargo del señor cura, y el panegírico por el rector de la Compañía de Jesús.

No habiéndose conformado las autoridades ante tales ceremonias, se hicieron otras similares días después, alternándose entre las iglesias de la ciudad y haciendo, prácticamente el mismo programa. Todo eso por la muerte de la reina Mariana de Austria. La ciudad de Zacatecas cerró el siglo XVII con ese acontecimiento, hecho que no fue el único, ya que otros similares precedieron y otros más, claro está, siguieron en la historia. Cuando una ciudad necesita del regocijo y la distracción, cualquier celebración es buena para el alma.

 

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