ADRIANA GUADALUPE RIVERO GARZA*
ADRIANA GUADALUPE RIVERO GARZA*

*Título inspirado en el discurso de MacKinnon, Catharine, “Sobre la excepcionalidad: las mujeres como mujeres en el derecho”, Feminismo inmodificado. Discursos sobre la vida y el derechos, Siglo XXI Editores, Argentina, 2014, pp. 109-120

 

 

Invitada a colaborar con un texto para Crítica “a las mujeres”, decidí compartir lo que supongo atañe a algunas que decidimos dedicarnos a la toma de decisiones en el ámbito público o político: constantemente nos sentimos apremiadas por cumplir estándares que no consideran nuestra condición de género y terminamos agobiadas, sin dirección, sin comunidad, sin lealtades y, a veces, despojadas de nuestras convicciones.

Así que tomé uno de mis libros favoritos, Feminismo inmodificado. Discursos sobre la vida y el derecho, de Catharine MacKinnon, para adentrarme –cada vez que el tiempo me lo permitía– en los escritos de esta autora, que han tenido alto impacto en la creación o fortalecimiento de algunas instituciones legales que trabajan a favor de los derechos y libertades de las mujeres y, de esta manera, poder plasmar la idea que me rondaba.

MacKinnon, en 1982, pronunció un magnífico y controvertido discurso, en la University of Minnesota Law School, en honor a los nombramientos de Rosalie Wahl y Mary Jeanne Coyne, dos grandes mujeres que pudieron sortear cualquier tipo de obstáculos para ser nombradas juezas asociadas de la Corte Suprema de Minnesota. Dos mujeres consideradas excepcionales, debido a que en el ámbito público, del derecho, de los máximos órganos de impartición de justicia, difícilmente se reconoce la trayectoria femenina, por ello decidí retomarlo.

Su texto se denominó: “Sobre la excepcionalidad: las mujeres como mujeres en el derecho”, mismo que invita a reflexionar sobre la promoción de la igualdad en las interacciones sociales cotidianas, en las instituciones y en su exigencia en términos estructurales; para que toda acción legal tenga carácter grupal y no así individual; esto es, induce a poner en el centro del derecho, de lo público, no sólo a las mujeres sino la situación “de grupo” para materializar dicho principio.

Catharine, en dicha disertación, se cuestionaba: “¿las mujeres exitosas, es decir, las que han triunfado en un sistema que no está construido para que triunfen las mujeres, sienten la inminencia del desastre?”. Probablemente sí, porque son excepcionales, y dicha condición priva de la comunidad, es decir, de la situación de grupo.

En principio, hay que decir que hablar de las mujeres implica controvertir porque ni todas somos iguales ni tenemos las mismas condiciones y/o privilegios. No es afortunado homogeneizar, pero hay algo que diariamente he comprobado y que sí da cuenta de la situación de género: con las mujeres lo personal es político. Lo que sucede a unas, sucede con muchas, lo que atañe al ámbito privado, necesariamente es público. Y, en el caso de las mujeres, como mujeres en el ámbito público o político, hay algo que nos hace coincidir: muy pocas veces podemos tomar verdaderas decisiones por la colectividad o simplemente relajarnos y “ser” en lo individual. Si no me cree, pregunte.

Dice Catharine que en el mundo de lo público no hay “mujeres desde el punto de vista de las mujeres, mujeres para nosotras mismas, mujeres para todas las mujeres, mujeres como una comunidad de interés para las mujeres, mujeres medidas por estándares que reflejen la experiencia y las aspiraciones de las mujeres en tanto mujeres”, porque en este ámbito no se permite ser mujeres en nuestros propios términos. En primer lugar porque salir de los estándares tradicionales y ser la excepción en lo público ya tiene un costo: el de no querer recibir “las protecciones” diseñadas para nosotras. Luego, porque una vez en lo público respondemos a pautas masculinas, como si buscáramos ser tratadas como hombres y, en consecuencia, prácticamente pagas un costo por admisión.

Las decisiones que las mujeres tomamos en el ámbito público son altamente cuestionadas, lo cual, también, lleva una alta dosis de violencia. En la toma de decisiones –en un sistema que no está construido para que las mujeres tomen decisiones– las mujeres en múltiples ocasiones no tomamos decisiones; eso ya está dado, se asume que está hecho por “el otro” (eso es cosas de viejas, que se arreglen entre ellas, los hombres somos lo que tomamos las decisiones, déjalas que mientras se entretengan) y, darse cuenta de ello, creo que sí es un inminente desastre personal, laboral, público y político.

Pese a que pocas veces se nos considera para la toma de decisiones, las mujeres hemos aprendido a tejer redes y ser sororales. Si bien nos falta mucho por construir una cultura de pacto entre nosotras, cada vez más nos encontramos las unas en las otras. Las mujeres nos apoyamos y nos damos aliento en situaciones de crisis, incluso, a quienes son las excepciones. La especificidad o particularidad de cada mujer, en el mismo espacio, nos ha hecho hallar las coincidencias y, una vez allí, nos encontramos en la misma conciencia y no así en la excepcionalidad, en la muestra, en el ejemplo de que si ella puede entonces todas pueden porque ello es aprender al estilo masculino.

La autora dice que no se trata de que si una mujer triunfa entonces representa el triunfo de todas. No. Porque, las mujeres que sobresalen en ámbitos construidos por y para los hombres no son casos excepcionales, sino adecuaciones a estándares previamente construidos. Ello hay que desaprenderlo porque nos hace conducirnos en contradicción a nosotras mismas. En cambio, quienes construyen hermandad provocan el cambio, porque construye lo que se conoce como la voluntad política de género.

¿Las mujeres como mujeres en el ámbito público corren riesgo de caer en el desastre? Catharine dice que las mujeres que nos negamos a olvidar cómo son tratadas las mujeres fuera de nuestros contextos particulares, en otras partes del mundo, todos los días, a todas horas, que nos negamos a olvidar que eso es lo que significa ser una mujer. Por ello, no importa cuán seguras podamos sentirnos por haber escapado provisionalmente, pues seguiremos un camino ya trazado y con experiencias que no son propias.

Reconocer con qué nos identificamos, con quién están nuestras lealtades, quiénes integran nuestra comunidad y a quién le rendimos cuentas, te permite redireccionar. El desastre, entonces, sobreviene cuando las mujeres nos abandonamos en lo individual y en lo colectivo. No se trata de ser sororales porque un “ser mujer” nos conecta naturalmente e identifica las unas con las otras, sino que dicha lealtad deviene de procesos socialmente complejos que nos permiten coincidir con nuestros roles asignados socialmente y afectan nuestro desempeño en la vida pública. Por ello, el desastre existe si perdemos nuestras convicciones y nuestra conciencia de género. Si seguimos firmes en que como mujeres con conciencia de género encontraremos nuevos caminos, entonces no hay desastre, hay construcción.

 

*Abogada y doctora en Historia. Actualmente es titular de la Secretaría de la Mujer en Zacatecas


Nuestros lectores comentan

  1. Me siento tan identificada en esta etapa como mujer. Una mujer no es una mujer con tetas y son tetas que no pueden dar leche.