Alberto Chiu
Alberto Chiu

En estas mismas páginas, usted amable lector se enteró del caso de un pequeño que, debido a las agresiones que sufrió de parte de algunos de sus compañeros de escuela, está en riesgo de perder uno de sus ojos porque le clavaron un lápiz. Y ahora, nos enteramos de que hay una bolsa de poco menos de 4 millones de pesos que destinará el gobierno estatal para “combatir” el llamado bullying escolar, cifra que a la vista de especialistas es, sin duda, insuficiente.

¿Para qué se usará ese dinero? Según las autoridades de la Secretaría de Educación del estado, se supone que con estos recursos se dota a las escuelas (unas mil 750 inscritas en el Programa de Convivencia Escolar) de materiales y protocolos de atención para evitar y prevenir el acoso entre compañeritos.

¿Dónde quedaron aquellos tiempos en que los profesores ejercían, con toda aquella autoridad que les daba su posición docente, las mejores formas de control de sus alumnos? ¿Cómo se están preparando ahora los próximos profesores que estarán frente a aula para entender, detectar y combatir los primeros síntomas de agresión entre sus estudiantes?

Sí, tal vez la cifra de dinero que se destina a estos “materiales y protocolos de atención” sea mínima, comparada con el gran número de alumnos que necesitan esas atenciones, pero uno se pregunta por qué tendrían los maestros que invertir más tiempo en su preparación para estos asuntos, si se supone que durante su formación como docentes ya debieron haber visto, estudiado y preparado para estas realidades del mundo en que vivimos.

Igual debieron haberse preparado para comprender y controlar otros fenómenos por los que atraviesan los estudiantes de nuestros tiempos, como por ejemplo el de las posibles adicciones a las redes sociales, o la afición desde temprana edad a música que en sus letras denigra a las personas o cosifica a las mujeres, por ejemplo.

O prepararse para reforzar los valores más fundamentales de la convivencia social como el respeto, la honradez, la honestidad, la verdad. Y si acaso no reforzarlos, porque quizás los menores a su cargo no los tienen formados desde la familia, entonces empezar a inculcarlos aunque sea en la escuela, durante las horas que están bajo su tutela.

Y aquí, precisamente, radica una parte del problema: creo que los profesores deben efectivamente tutelar no sólo la parte “mecánica” del aprendizaje de sus alumnos, sino también tutelar esa otra parte emocional y psicológica que, en muchos casos, está devastada por las perniciosas influencias de las redes, algunos medios masivos, la llamada “televisión basura”, la ausencia de hábitos como la lectura, y muchos otros factores donde incluso está la desintegración familiar por adicciones, alcoholismo, etcétera.

Qué paquete más grande tienen en sus manos los profesores, sin duda. No por nada, antaño eran considerados en los pueblos (junto con el cura y la autoridad civil) uno de los tres pilares de la estabilidad de aquellas sociedades. En la modernidad, es indudable que sobre todo en las zonas urbanas los menores se ven expuestos a toda clase de peligros que, aunque son diferentes de aquellos que enfrentan en las zonas rurales, siguen poniendo en riesgo el futuro de la niñez al hacer de la inocencia un concepto que ya queda más en el ámbito de lo utópico.

Sí, tienen mucho que hacer por delante los profesores, aunado a su propia formación que constantemente es evaluada en los nuevos esquemas, criticada por ser a menudo condicionante de su permanencia en el empleo, y a la vez comprobante de que sí hay docentes preparados con suficiencia, al menos en lo técnico. ¿Pero cómo evaluar si están preparados para esta otra clase de tutela que deben ejercer sobre sus alumnos? ¿Se les puede hacer responsables de algo si pierden el control en sus aulas y permiten que las agresiones entre compañeros lleguen a tanto? Será un tema todavía amplio por discutir; ojalá pronto demos con un perfil de docente que cumpla con todo eso y más, en bien de las generaciones futuras.


Nuestros lectores comentan

  1. José Escobedo Domínguez

    ESTIMADO BETO DISCULPA QUE APROVECHE EL TEMA DEL BULLYNG, PARA HABLAR DE OTRA AGRESIÓN ESCOLAR. ME REFIERO A LA QUE HACEN CON LOS MUROS INTERNOS Y EXTERNOS DE MI QUERIDA ESCUELA NORMAL MANUEL ÁVILA CAMACHO. RESULTA QUE CADA GENERACIÓN QUE EGRESA, LABRA SOBRE LA CANTERA O PONE HORRIBLES PLACAS METÁLICAS PARA DEJAR SU RECUERDO. LO QUE HACE PARECER COMO SI ESTUVIERAN LLENAS DE GRAFITTI ESAS PAREDES, TODO EN PERJUICIO DE LA BELLEZA ORIGINAL DE ESA INSTITUCIÓN FUNDADA EN 1950. EN LA QUE SE HAN FORJADO VERDADEROS Y DIGNOS MAESTROS. OJALÁ LAS AUTORIDADES CORRESPONDIENTES PONGAN REMEDIO A ÉSTO. QUE ADEMÁS REFLEJA POCA O NULA FORMACIÓN EDUCATIVA Y DE BUEN GUSTO, PERO SOBRE TODO FALTA DE RESPETO DE SUS AUTORES.