Alberto Chiu
Alberto Chiu

Según las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el narcomenudeo creció en Zacatecas al doble en tan sólo un año, o al menos así lo reflejan las carpetas de investigación abiertas por este delito entre 2016 (116 expedientes) y 2017 (232 expedientes). Y obviamente, eso nos lleva a pensar que el consumo de drogas también se incrementó sustancialmente, lo cual representa una verdadera preocupación generalizada.

Coincidiría con las cifras también de grandes cantidades de jóvenes (muchas veces adolescentes) que han sido detectados como adictos a cualquier clase de drogas desde marihuana hasta cristal o metanfetaminas, desde escuelas de nivel básico, y que a veces son atendidos por instituciones como los Centros de Integración Juvenil o los consejos contra las adicciones.

¿Qué estará pasando con nuestros jóvenes como para que busquen en las drogas alguna especie de salida a sus problemas, o identificarse con un grupo social, o simplemente ser aceptados por algunos de sus compañeros con este mismo problema? ¿Qué pasa en sus casas, donde se supone los padres de familia deberían estar atentos a la salud física, mental y emocional de los hijos?

Siendo Zacatecas una entidad donde a pesar de su gran extensión territorial hay una población relativamente pequeña, el problema aparece como uno de los de mayor magnitud, y ya colocarse entre las seis entidades donde más creció este delito (el de la venta de drogas) exige automáticamente más medidas efectivas para combatirlo.

En este caso ya no se trata solamente de que el gobierno estatal se deslinde del asunto por ser un delito del orden federal, y quizás esté empezando por poner las bases mediante los programas de prevención del delito que presume impulsar, sino de ampliar el espectro de sus programas y políticas públicas para conocer, reconocer y entender primero la enorme problemática, visualizarla y poner cartas en el asunto, tanto a la hora de detener y encarcelar a los narcomenudistas, como a la hora de dar seguimiento a aquellos jóvenes o adultos que, siendo adictos, han logrado recibir alguna atención especializada pero luego se pierde el contacto con su desarrollo.

Sabemos, por las notas periodísticas que de cuando en cuando aparecen en los medios de comunicación, sobre las cifras de personas (de cualquier edad) que son atendidas o al menos canalizadas a algún centro de atención contra las adicciones, pero ¿qué pasa cuando dejan esos centros? ¿quién se encarga de una política de seguimiento sobre su avance contra la adicción, o si han estado en riesgo de recaer, o lamentablemente han recaído en ella?

¿Qué otra clase de estrategia se aplica desde la administración pública para evitar la reincidencia tanto en el narcomenudeo como en la adicción? Insisto, quizás esta parte requiera de más recursos del erario, más personal especializado, pero hace falta también la generación de programas de concientización para que las personas se involucren desde el ámbito familiar, el escolar, el de las colonias y barrios, de modo que todos, en conjunto, podamos hacer un frente común contra las adicciones y, por supuesto, contra la venta de drogas, pues este negocio no crecería si no hubiera quién comprara los estupefacientes.

Este cáncer que carcome los tejidos más sensibles del aparato social, que son los jóvenes, está llevando a nuestra población no sólo a tener más enfermedades, sino también más trabas para el desarrollo, más víctimas, e incluso más debilidades institucionales. Hace falta el involucramiento de todos, y quizás es el punto donde el gobierno, como tal, ha fallado en hacer liderazgo. Pero entonces, ¿qué otro liderazgo es necesario para involucrar a la gente? Quizás el de las iglesias, el de las organizaciones no gubernamentales, el de los propios grupos de jóvenes, el de los artistas, los deportistas… mientras no sean visibles estos liderazgos sanos, seguiremos en los primeros lugares de las listas más ominosas a nivel nacional.


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