La eugenesia es una filosofía social que defiende la mejora de los rasgos hereditarios humanos mediante varias formas de intervención. Las metas perseguidas han variado entre la creación de personas más sanas e inteligentes, el ahorro de los recursos de la sociedad y el alivio del sufrimiento humano.

 

La eugenesia en la línea germinal para un diseño ético sin duda. Esta es la propuesta más extrema de la eugenesia; se trataría de intervenir en la humanidad futura y, por lo tanto, disponer de ella, pero con el pretexto de hacerla más ética.

 

A la vez, en esta se llega al máximo umbral de discusión de la bioética profunda, pues ¿cómo puede romperse el vínculo con la naturaleza mediante la intervención en el nacimiento “por razones ética”? Es preciso sacar a la luz lo implícito en esta propuesta.

 

Ella tiene dos rostros: uno determinista, que corresponde a Sloterdik, quien propuso que, ante el fracaso del humanismo, habría que confiar la mejoría ética de la especie a las nuevas biotecnologías para que hicieran del hombre un ser menos violento, y por ende, más manso y bueno.

 

Expresada en estos términos, la eugenesia ética es blanco fácil desde la genómica contemporánea y desde la ética misma. Bien y mal son cualidades complejas que, si bien pueden tener antecedentes en los genes que nos inclinan a la violencia o a la mansedumbre, no se reducen en absoluto a ellos pues dependen más bien de la mezcla de estos con los contextos culturales y las convicciones personales. Por otra parte, la ética es libertad y por ende indeterminación; pretender determinar éticamente al hombre es privilegio de su elección básica sobre el bien y el mal.

 

El otro rostro de la eugenesia ética en la línea germinal, por la filósofa Juliana González, es más sutil, inteligente y confiando en el hombre. El punto de partida es una amplia y profunda disertación sobre la posibilidad de unir el curso tecnológico del mundo con los valores éticos humanistas.

 

Para Juliana González es preciso darle la cara al mundo, al poder de la “mano y el cerebro” del hombre y no fomentar un temor que no resuelve nada, pues, de cualquier forma, la tecnología seguirá su curso de forma implacable y, tarde o temprano, la manipulación de la especie humana llegará.

Con esta intervención no seriamos trans o posthumanos, como quieren los tecnofanáticos, sino que estaríamos propiciando mayor libertad y, cabe decir, mayor humanidad. De suerte que la condición libre no se ha dado origen ni medida a sí misma, por el contrario, ella ha sido relativa, ha estado en relación con lo no humano, con aquello que no tiene voluntad, deseo ni finalidad. Somos libres de manera gratuita o contingente.

 

En consecuencia, al pretender que el hombre se dé a sí mismo la medida de su libertad originaria estamos concibiendo a esta como un absoluto, no como algo relativo. El hombre seria aquí, en efecto, a “medida de todas las cosas” y mostraría la extrema soberbia que lo aleja del reconocimiento de su inserción en la tierra.

 

Así es necesario asumir que el curso tecnológico, además de tener ciertamente una lógica propia marcada sobre todo por el mercado, también depende de lo que a las personas concretas nos parece preferible o rechazable. La bioética, pues, aun que ha de aceptar con realismo el imperio de la tecnología, no tiene por qué promover como un destino ineluctable el que tomemos “la evolución en nuestras manos”

Q.F.B. BRENDA DOLORES CALDERÓN ESQUEDA

 


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