Mauricio Flores*
Mauricio Flores*

El escribir es, en los mejores momentos, una vida solitaria. Las organizaciones proescritores palían la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su escritura. Crece en estatura pública según abandona su soledad y a menudo su trabajo se deteriora. Porque hace su trabajo solo y, si es un escritor lo bastante bueno, debe enfrentarse a la eternidad o a la carencia de ella, cada día.

 

Cualquiera pensaría que si la hubiera dicho para sí mismo, la frase aquella de “uno no escapa de su casa, la defiende”, le hubiera cambiado la vida. O al menos la muerte, decidida por mano propia. Un escopetazo colocado en la boca, directo al cerebro, cuando otros cualquiera lo habían ya consagrado como uno de los grandes escritores norteamericanos: Ernest Hemingway (1899-1961).

Y no es que su obra, a la fecha distribuida y leída por millones, quedara fragmentada, no. Pero cualquiera que somos, aún completada y visitada y vuelta a visitar su bibliografía, de repente acude el anhelo de encontrarnos con una nueva historia hemingwayana, que otro gallo cante y hasta nos gire la vida. Beneficios que dejan literaturas como la cifrada por este autor.

Hemingway, el cuentista y novelista que el cuidadoso ensayo de Philippe Ollé-Laprune incluye en el listado de escritores errantes, buscadores y exiliados. Los escritores vagabundos. Ensayo sobre la literatura nómada se llama el libro. Cómo prescindir entonces del autor de Por quién doblan las campanas y de su relación con Cuba, país “ante todo mar y pesca” y donde “está mi psiquiatra”. La Cuba que inspiró Tener y no tener, Islas a la deriva, El viejo y el mar y el cuento Nadie nunca muere. Esto sin despreciar el papel que jugaron en su narrativa sitios como París, África y España (París era una fiesta, Las nieves del Kilimanjaro, Muerte en la tarde y otras).

Si dicho para el conjunto de los escritores revisados por Ollé-Laprune viene a cuento, para Hemingway el guion amolda con exactitud. Escribe el ensayista: “Nuestro escritor desplazado no se mezcla, por lo general, con los artistas locales, no se interesa por las corrientes estéticas o intelectuales de su nuevo medio. Ese no fue el motivo por el que cruzó los mares. El hombre de letras es por definición un descentrado y un excéntrico”.

De modo que junto a Hemingway, el ensayo en cuestión ubica a Lowry, Ribeyro, Artaud, Vallejo, Lawrence, Breton, Michaux, Desnos, Zweig, Serge, Gombrowicz, Burroughs, Bernanos y otros como seres aislados del mundo. Hombres “aún más sensibles que otros a esa cualidad de la escritura que permite jugar con la dialéctica presencia-ausencia, a la posibilidad que ofrece su arte de darle vitalidad a los personajes desaparecidos o a la tierra lejana, de reinventarla o incluso distorsionarla”.

Escritor que como pocos supo inventarse un mundo propio, una imagen y una leyenda, advierte Ollé-Laprune, Hemingway (“Papa”) tuvo en Cuba un sitio para propiciar valores que siempre lo acompañaron. La belleza inmediata, la espontaneidad y la dignidad.

La Cuba, y con ella La Habana, que serán para el novelista “sitio de la nostalgia por excelencia, espacio en el que afloran los recuerdos de la mejor manera, un pasado real o idílico”. En La Habana, la atmósfera “se carga de una sensación agridulce que se mezcla con un sentido de la fuga del tiempo que está escrito por doquier, en cada muro y en cada elemento del paisaje”.

 

Finca Vigía

Quien haya estado en La Habana y visitado la casa de Hemingway, Finca Vigía, coincidirá con Ollé-Laprune en relacionar a la primera con el sentimiento de agotamiento y el “avance de la muerte en vida” con la narrativa hemingwayana.

“Hemingway no deja de repetir lo mismo en sus libros y, sin teorizar, reconoce la dulzura perversa de la evolución mortífera del estado de las cosas. La Habana es el paisaje soñado para dejar en libertad al abatimiento y al oleaje del alma. El destino de “Papa” es así: lleva una existencia trepidante, intensa, y, en contraste, posesionarse en su vida y en sus libros deja el regusto de la parsimonia”.

Leer a Hemingway nos propone Ollé-Laprune. Adentrarnos en ese “mundo cargado de nostalgia [que] de antaño, real o inventado, seduce”. Releer a Hemingway, el de los personajes “portadores de un pasado cargado, a menudo liquidado, y que toma su valor gracias al estilo del autor, a su incomparable manera de llevar las palabras. La inmensa melancolía que habita hasta el fin hace vibrar sus libros y les da un encanto irreemplazable”.

 

Ir adónde…

Tiene Netflix un película muy recomendable sobre la presencia de Hemingway en Cuba, dirigida por Bob Yari y escrita por Denne Bart Petitclerc. En ella se sugiere la existencia de una vigilancia cada vez más estrecha sobre el recientemente nombrado Premio Nobel de Literatura, de parte del FBI.

Algo que debió suceder si recordamos el nivel de tensión suscitado ante la inminencia del triunfo revolucionario en la isla, y el derrocamiento de la dictadura batistana, protegida por el gobierno de Washington. Esto en el marco de una nueva crisis de pareja de “Papa”, ahora con Mary Welsh, su quebrantada salud (mental y física), su simpatía por los barbudos comandados por Fidel Castro y el acercamiento de un joven periodista del Miami Globe (Eddie, en el filme), quien establece un vínculo estrecho con los habitantes y ambientes de Finca Vigía (“La casa ya parecía un museo cuando él vivía”, escribe Ollé-Laprune).

Acosado por diferentes flancos, y con evidentes delirios de persecución y mucho alcohol, “Papa” duda de Eddie, el mismo que meses antes transcribía como un poseso los cuentos del escritor (“qué le dices al hombre que te cambió la vida sin siquiera conocerle”). Un Eddie que no deja de titubear acerca del futuro de su relación con la joven Deb, ayudante de redacción en el rotativo de Florida, a escasas millas de la isla.

“Papa” enloquece, una vez más. Los celos de Mary se desamarran, una vez más. La duda sobre Eddie explota y el anfitrión lo tunde a golpes. Luego, al reconocer su error y descubrir el verdadero intríngulis de cierta trama, Hemingway busca una salida, no una fuga. “Uno no escapa de su casa, la defiende”, dice.

—Voto por salir de aquí lo antes posible —interviene Mary.

—E ir adónde —responde “Papa”.

—¡A cualquier lugar! —dice ella y, ante la duda de su pareja advierte—. Gracias, pero no quisiera pasar mucho tiempo en la prisión de la Cabaña.

No muchas semanas después la pareja saldría de Cuba. Destino: su casa de Ketchum, Idaho, donde la mañana de 2 de julio Hemingway se suicidara con una escopeta Boss 12.

 

*Periodista y promotor cultural. @mauflos

 

Referencia: Philippe Ollé-Laprune, Los escritores vagabundos. Ensayo sobra la literatura nómada, Traducción de Claudia Itzkowich y Héctor Iván González, Tusquets, México, 2017, 356 pp.

 


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