María Magdalena Carreón Pedroza*
María Magdalena Carreón Pedroza*

Martes, 21 de noviembre de 2017

 

Estimado Alejandro:

Permítame, por medio de estas líneas, compartirle un poco de lo que han sido mis años en la Licenciatura en Letras. Quizá se pregunte por qué y puedo afirmar que la respuesta es de lo más sencilla. Debo decir que usted es uno de los maestros que, a lo largo del camino, me ha hecho sentir animada de haber tomado tal decisión; su manía en el arte de escribir y perseverancia dentro de ésta, sin duda, me lleva a creer que las decisiones al azar no existen y todo es parte de Todo. Las letras son un universo al cual no todos tienen acceso y ese acceso no es sencillo, pero sí único. Edmund Wilson alguna vez dijo que «no hay dos personas que lean el mismo libro», pienso que tampoco hay dos personas que tomen el mismo libro.

Dentro de estos casi diez semestres me he topado con quienes dicen que estudiar Letras no vale la pena, cuestionan de qué voy a vivir o se preguntan por qué mantener vivo algo que murió hace mucho y un largo etcétera. Claro que me he debatido sobre el fallo, pero no por eso he tirado la toalla. Me parece importante fomentar la cultura de la lectura y promover las verdades literarias, dejar de lado las revistas de chismes y comenzar de nuevo con otras como Barca de palabras, donde los jóvenes tienen acceso a participar en un pequeño sitio —desde mi punto de vista— didáctico. Es lo que Zacatecas necesita para salir de nuevo a flote cultural.

Soy consciente, también, de que los primeros textos con los que se adentran los jóvenes en la lectura no son de lo más amenos. Ello representa un problema, pues los chicos se encargan de no volver a tomarla en serio. Y los maestros, ¿qué están haciendo por cambiar esta situación? Pocos son los que poseen un verdadero interés hacia la sociedad joven, pocos son los que se preocupan en hacer algo que fomente el intercambio de libros, de opiniones sobre un texto o un autor. Allí es donde entra usted, que creo es de la vieja escuela, de los docentes preocupados por darle sentido a una carrera que a muchos ni siquiera les importa.

Vuelvo a preguntarme ¿de qué modo podría seguir su ejemplo con pasos pequeños?, porque no sería correcto llamarlos «agigantados». Lograr este cambio en la juventud, la cual parece no caminar hacia adelante en este aspecto lector que ya le mencionaba. Si bien, en sus clases no recuerdo que existiera algún tipo de protesta por las lecturas que nos daba; al contrario, buenos comentarios, autores excelentes, textos que daban para hablarse en más de una clase, todo con el fin de mantenernos interesados. Debo mencionar, también, que no todos los autores, ni todos los textos, logran su cometido en la mente de los lectores y aun así me parece que siempre fueron bastantes atinados sus textos.

Antes de despedirme, no quiero dejar de hablar de su Six de veinte (Taberna Libraria, 2016) que me han dejado pensando, haciéndome reír y, a la vez, sentirme triste e impotente. Me agrada su forma de narrar, que mueve el centro del pensamiento, provocando la reflexión y dejando temas de conversación. Argumentos cotidianos del día a día los pasa a una historia. Yo creo que es buenísimo, no sólo te sujetan a la trama de lo que el autor quiere decir, sino que te sumergen por completo en ella.

Con todo y la sencillez de su persona no hay que subestimarlo, pues como escritor es complejo, tanto que a la hora de leerlo hay que prestarle el tiempo y las ganas de oírlo, pues así como en el primer párrafo puede ir de bien a bien la lectura, en el segundo habrá algo que nos haga perdernos.

Me despido, que ya se me acabaron las palabras.

*Estudiante de Letras, Uaz

 


Nuestros lectores comentan