Alberto Chiu
Alberto Chiu

Hasta el año pasado, solamente 22 de los 136 artículos originales de la Constitución de 1917 permanecían intactos, mientras que los 114 restantes han sufrido modificaciones, para llegar a un total aproximado de casi 700 reformas –según los especialistas– en los textos de la Carta Magna de nuestro país. A decir de quienes han promovido estos cambios, todos ellos obedecieron al cambio de condiciones de la patria, y a la necesidad de adaptarse a las nuevas realidades.

A más de 100 años de haberse promulgado, es cierto que las realidades del país han cambiado muchísimo… ¿o no? Y muchos nos lo preguntamos porque seguimos viendo connacionales que viven en situaciones de pobreza y marginalidad que, se supone, la Constitución garantizaría su abolición; seguimos viendo a muchos que exigen justicia que se supone tendrían garantizada por el texto constitucional; seguimos viendo… bueno, ustedes me entienden.

Lo que también dicen muchos especialistas es que, en la realidad, lo que se necesita primero que nada no es que la Constitución siga cambiando, sino que se aplique y se haga valer adecuadamente en todos sus ordenamientos; que verdaderamente se respete como eje rector de la relación entre gobernantes y gobernados, y del respeto a los derechos ahí contenidos. ¿Tan difícil será hacerla respetar?

Las “celebraciones” o conmemoraciones de su promulgación, como las llevadas a cabo en todo el país ayer, suenan muchas veces huecas, pletóricas de discursos plagados de lugares comunes y de conceptos aspiracionales que, de facto, quedan hechos añicos ante la gran cantidad de eventos de corrupción y de impunidad que, lamentablemente, nos prodigan quienes –se supone– han sido elegidos para “guardar y hacer guardar”, como dicen ellos mismos al asumir los cargos.

No sé qué tanto daño se haya hecho al país cuando se omitió la enseñanza del civismo en la educación escolar; y qué tanto se esté recuperando en este momento con los más recientes cambios en las currículas educativas; pero sí creo que a muchas de las generaciones más jóvenes les hace falta el volver los ojos de verdad hacia los textos constitucionales para conocerlos por lo menos, ya no digamos para enamorarse de ellos y sus conceptos, y para empezar desde niños a hacerlos valer.

Me parece que por más reformas que se hagan a la Constitución, sean o no para adaptarse a nuevas realidades o a la modernidad y a las tendencias jurídicas internacionales, lo que nos falta es que a los mexicanos nos dé por amar a nuestra patria y aprender a respetar sus documentos fundamentales, que se supone están hechos para estructurar adecuadamente nuestras relaciones y defender nuestros derechos.

Ahí, por ejemplo, no es suficiente lo que se haga en la escuela, en la educación formal. Es sumamente necesario que los padres de familia también se metan de lleno en esta formación fuera de las aulas, y ahí es donde creo que hay un gran problema, sobre todo porque muchos mexicanos están más preocupados –con razón– por subsistir en el día a día, que en inculcar valores cívicos, éticos y morales en sus vástagos.

Pero no hay que claudicar, y pensar con la derrota a cuestas que ya no hay nada que hacer, y que lo que alcance a hacer la escuela será suficiente. Creo que es tarea también, por ejemplo, de los políticos y de quienes aspiran a puestos públicos, fomentar ese respeto a las normas básicas del país; y sí, ya sé que son los políticos quienes más descrédito tienen a la hora de hablar del respeto a las leyes y su cumplimiento, pero… y si no lo hacemos todos, ¿quién entonces tendrá la responsabilidad de hacerlo?

Si de verdad queremos un México mejor para nuestros hijos y nietos y todas las generaciones que vienen detrás de nosotros, ya tenemos que empezar a ponernos las pilas para promover ese país donde se respeten las leyes que tenemos. Y si hay algo que cambiar, se cambie, pero no para volverse letra muerta, como ha sucedido.


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