Alberto Chiu
Alberto Chiu

Ni es algo nuevo, ni desconocido para muchos de los que actualmente, y desde hace muchos años, han seguido de cerca el devenir de los partidos políticos y sus integrantes. La existencia de los “chapulines”, los “saltamontes”, los “tránsfugas” o como les quiera llamar, parece ser una plaga que aparece cada que se viene un nuevo proceso electoral, con muchas y muy diversas manifestaciones o síntomas.

Las razones que esgrimen los políticos que llevan a cabo estos saltos entre “marcas” son también variopintas: que si porque el partido del que salen ya no cumplió con su ideología; que si porque ahí no se les respeta historia, tradición, lealtad o experiencia y en el nuevo partido al que saltan sí; que si porque había un compromiso de darle una candidatura y nunca se la dieron; que si porque pasó una mosca y le dijo que se cambiara…

Como sea, todos esos políticos que un día son defendidos por un partido y defenestrados por otros, al día siguiente cambian de siglas y colores y entonces las defensas y los ataques de los partidos cambian de lado sobre los mismos personajes. Y lo más curioso es también eso: que son prácticamente los mismos de los que siempre se habla, bien de un lado y mal del otro, y a la vuelta del tiempo cambian las opiniones y los ataques, pero sobre los mismos, siempre los mismos.

Efectivamente, como consignan muchos observadores, tal vez a la política, a la clase política, le haga falta renovarse; se sabe y se repite, desde hace mucho, que en los partidos políticos hace falta también la formación consistente de nuevos cuadros propios, que vayan de acuerdo a su ideología, sus principios, sus estatutos. Nuevos apóstoles de su propia “buena nueva” que la difundan y la defiendan, y que se puedan convertir en un momento dado en sus líderes o sus candidatos. Pero parece que no hay.

Una posible razón para que no surjan los nuevos cuadros en los partidos podría ser, precisamente, el que los mismos de siempre, los eternos líderes, los viejos –y muchas veces anquilosados– políticos son quienes se encargan de obstaculizar a los nuevos miembros, sin importar que puedan traer nuevas ideas o nuevas y mejores formas de hacer política a los institutos, por el simple hecho de que si lo permiten, ellos –los viejos– quedarían fuera casi de forma inmediata… y eso no lo pueden permitir.

Lo peor del caso, es que incluso en la conformación (muy reciente) de las nuevas opciones o partidos políticos como ha sucedido en Zacatecas, perviven también las presencias de muchos de “los mismos de siempre” que, ya sin cabida en alguno de los partidos políticos grandes, se deciden entonces por formar uno nuevo en el que, acostumbrados a ello, imponen también sus viejas prácticas y sus conocidas formas de agandallarse el poder y las posiciones… y repiten exactamente las mismas prácticas de obstaculización para los nuevos cuadros.

Y en el último de los casos, las poquísimas nuevas caras que logran colocarse en los reflectores son públicamente lapidadas precisamente porque “nadie los conoce”, “no tienen experiencia”, etcétera. Aunque con los que tienen “experiencia” tampoco hayamos conseguido nada.

Así que entonces no sólo hemos inaugurado y vivimos pues en una época de “chapulines” o “saltamontes”, sino también de “tortugas”, esos animales de la política que extienden considerablemente su longevidad en los cargos que ocupan, pero que se mueven muy lentos, y hacen que quienes los siguen vayan igual de atrasados que ellos. ¿Cómo nos vamos a quitar de encima ese lastre?

Pues informándonos, conociéndolos, votándolos o no votándolos, exigiéndole a los partidos políticos que sean congruentes, que presenten a los mejores candidatos, que los evalúen a los ojos de la sociedad… en fin, exigiéndoles a los partidos que busquen el bienestar de la sociedad, y no busquen los cargos para beneficiar a unos cuantos que, como camarilla de delincuentes, se aprovechen de la sociedad. Depende de nosotros acabar las plagas.


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