Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento

“A mucha gente le gusta la nieve. Yo encuentro que es una innecesaria congelación del agua.”

Carl Reiner

 

DAVOS.- ¿Nieve en Davos? Por supuesto. Ésa es la característica más notable en invierno de este pequeño poblado de los Alpes suizos, con una población de poco más de 11 mil habitantes, donde cada fin de enero convergen cerca de 3 mil participantes del Foro Económico Mundial, la mayor cumbre privada del planeta.

Si algo me llamó la atención este año al revisar el clima para llegar ayer a Davos, fueron los pronósticos de temperatura, que en lugar de los habituales 0 a -5 grados, y hasta los -15 o -20 en la noche, la temperatura iba de 2 a 3 grados sobre cero en el día, y un grado, también sobre cero, en la madrugada. Nunca había estado en un Davos tan tropical, pensé. La otra parte del pronóstico, chubascos de nieve, realmente no captó mi interés.

Los chubascos de nieve con temperaturas relativamente altas; sin embargo, me han proporcionado a mí y a cientos de participantes una lección que yo no había tenido en más de 20 años de acudir a esta reunión. El tradicional trayecto de dos horas en autobús de Zúrich a Davos se volvió una historia interminable, o por lo menos de cinco horas. Después de que el chofer dedicó una hora a colocar cadenas para nieve en los neumáticos, quedamos atrapados en un atasco que recordaba “La autopista del sur” de Julio Cortázar. Me quedé sin asistir al espectáculo inicial, la premiére del ballet Las estaciones, con música de Antonio Vivaldi y Ástor Piazzola, protagonizado por el bailarín Roberto Bolle y los Cameristi della Scala. Tampoco pude ver la entrega de los premios Crystal al cantante Elton John, por su apoyo a los enfermos de sida; a la actriz Cate Blanchett, por su respaldo a los refugiados y al actor Sha Rukh Khan, por su ayuda a las mujeres atacadas con ácido.

Todos los chubascos de nieve valen en el empeño por regresar a Davos. ¿Por qué lo hago? Porque esta reunión es un paraíso para un periodista que puede aquí lograr acceso a cientos de políticos, empresarios, académicos y líderes sociales de todo el mundo. Encontrarme con sólo algunos, o escucharlos en conferencias en otras circunstancias, me llevaría meses y decenas de costosos viajes internacionales. En términos prácticos, Davos es una ganga.

Lo hago también porque soy invitado y no tengo que pagar por asistir. Un empresario me dice que este año desembolsó 160 mil dólares, pero decidió hacerlo porque haber perdido su lugar habría hecho que la próxima vez le costara 350 mil o más. En 2011 Henry Bodget de Business Insider colocaba el precio de asistir a Davos en 71 mil dólares. Quien diga que ya no hay inflación en el mundo está equivocado.

¿Tiene sentido el esfuerzo? Muchos empresarios me han dicho que no y han dejado de venir. Les molesta que, mientras ellos pagan, otros son invitados sin cuota y tienen mayor acceso. Siempre hay aspirantes que quieren tomar su lugar. A pesar de que los requisitos para entrar crecen cada vez más, también lo hace la fila de empresas y empresarios que quieren inscribirse. Supongo que el WEF, por sus siglas en inglés, es víctima de su propio éxito.

Ayer ya no pude asistir a los eventos inaugurales, pero supongo que hoy será otro día. Si la nieve lo permite, que el pronóstico del clima dice que lo hará, el maratón de casi una semana con más de 400 conferencias y mesas de discusión entrará en calor. Mucho se puede aprender en esta avalancha de discusión con las mentes brillantes del mundo.

 

Sin paridad

En este Foro Económico Mundial no hay siquiera pretensión de ceñirse a una simple paridad. De los siete copresidentes de la reunión, siete son mujeres. Lo más interesante es que las siete, empresarias, financieras y líderes sindicales y sociales son excepcionales. Ninguna necesitó cuotas para llegar a donde está.

 

Twitter: @Sergio Sarmiento


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