Luego del ya famoso viaje a la China que emprendió el gobernador Alejandro Tello Cristerna con el objetivo –según se dijo– de atraer nuevas inversiones a la entidad para generar empleos (y con ello riqueza y desarrollo), nos entregaron los viajantes la noticia de que de más de 20 reuniones que sostuvieron allá, alcanzaron a obtener apenas tres cartas de intención que podrían fructificar –si se nos hace el milagro– en unos seis meses.

Sí, es cierto que es difícil convencer a inversionistas a que vengan a Zacatecas con la situación que padecemos, a pesar de las muy presumidas “ventajas estratégicas” que siempre forman parte de los discursos: nuestra posición geográfica, nuestra disponibilidad de mano de obra (aunque mucha no sea del todo calificada), y nuestra disponibilidad de vías de comunicación (aunque el tren ya no sirva para mucho, las carreteras estén para dar tristeza, haya sólo unos cuantos vuelos comerciales, etcétera).

Pero es que como dice el dicho, “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”, y en nuestra entidad las buenas intenciones –sobre todo de parte de quienes han estado en el gobierno en distintos momentos– se dan como los huizaches y los nopales en el desierto. De ahí a que se hagan realidad… faltan muchos tramos y mucho tiempo.

Ahí están las buenas intenciones de generar, por ejemplo y ahora que es el mero día, un polo de desarrollo turístico–religioso en la zona metropolitana, mediante la edificación de una imagen monumental de la Virgen de Guadalupe y su correspondiente zona comercial, sin que en realidad haya mucho sustento para ello más que la buena intención (ahí vamos de nuevo) de presuntos empresarios que le entrarían a invertir… mientras en sus alrededores todavía hay mucho por hacer en materia de desarrollo social.

Ahí está la buena intención de ofrecer un centro magno de esparcimiento como el llamado Centro Cultural Bicentenario en el ecoparque del mismo nombre, que a final de cuentas resultó nada más ser un enorme elefante blanco que sigue olvidado y no se ve ni para cuándo pueda utilizarse, mucho menos sacarle provecho que reditúe al estado ya sea en empleos o en servicios o en entrada de dinero.

Ahí están las buenas intenciones de abatir el delito y a las bandas del crimen organizado basándose sólo en estrategias de prevención mediante pláticas o actividades recreativas para los jóvenes, mientras la contención se deja más bien de lado o no se hace todo lo necesario para detener la ola de violencia, asesinatos, levantones, secuestros, extorsiones y demás delitos que tienen a medio mundo metido o en la desesperanza, o en la tristeza, o en la desconfianza hacia la autoridad.

Ahí quedaron todas las buenas intenciones también, por ejemplo, de establecer una aduana interior cerca del aeropuerto internacional de Zacatecas, o las de ampliar las redes carreteras de la entidad, o las de sacar las vías del ferrocarril de la zona urbana, o las de modernizar realmente el transporte público y, aunque en muchos casos se dieron unos cuantos pasos de inicio de cada proyecto, al final no se llegó –o no se ha llegado– a nada en concreto.

Lo peor de todo en este mar de buenas intenciones, es que muchas veces éstas se han trastocado debido a la corrupción y a la impunidad con la que funcionarios públicos (e incluso gente de la iniciativa privada) se han coludido para enriquecerse mutuamente sin que medie castigo alguno para ninguno de ellos, y como siempre en detrimento del bienestar de la población en general.

Es gracias también a todas esas buenas intenciones que, campaña tras campaña, elección tras elección, una buena parte de la sociedad votante se deja llevar –claro, también mediante dádivas y prebendas momentáneas– para elegir a quienes se supone tienen las mejores intenciones de sacarnos de la pobreza, ofrecer empleos, entregar educación y salud de calidad en todo el estado… ¿cuándo dejarán las buenas intenciones y entregarán resultados concretos a la sociedad?


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