FRANCISCO LEANDRO
FRANCISCO LEANDRO

Por muy hijo de la chingada y poco empático que seas, siempre en el último mes del año te arrastra la corriente de la bondad, la piedad y las ganas de ayudar a quienes consideras más vulnerables que tú.

Pero, ¿realmente lo haces por los demás o por sentirte mejor contigo mismo?

Hace varios años, algunos amigos y yo juntamos ropa que las personas ya no usaban, con la finalidad de repartirla en las colonias con más carencias, a la gente que creíamos que les podría servir más.

Entre el trabajo y demás ocupaciones, nos organizábamos para llevar a cabo la repartición de lo acumulado.

Amigos, es triste darse cuenta de que la gente a veces somos gandallas, groseros y, lo peor, malagradecidos.

Si bien, no espero que la gente tenga repetidos agradecimientos, adulaciones o alabanzas, estoy seguro que lo mínimo que cualquiera visualiza es algo de respeto y no recibir ofensas, o que las prendas sean arrebatadas con amenazas.

No lo viví una o dos veces, fueron varias, y con esto no trato de decir que no debemos ayudar a los demás, pero ¿es un actuar normal?

Creo que en mi país hasta para recibir ayuda nos falta educación.

No sé si lo hice por ellos o por mí.

De lo que estoy seguro es que quisiera que nadie tuviera frío ni hambre, lo deseo tanto como deseo que las personas nunca dejemos de decir: ¡Gracias!

Felices fiestas. Nos leemos el próximo año, si ustedes y el consejo editorial lo consideran. Ja, ja.


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