ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Desde el momento en que Andrés Manuel López Obrador expresó la sola idea de pretender poner en la mesa la posibilidad de dar una amnistía y perdonar a los líderes de las bandas del crimen organizado, con tal de “recuperar” la paz y la tranquilidad del país, las respuestas no se hicieron esperar para descalificar, tajantemente, semejante concepto que sólo podría haber salido o de un libro de historias fantásticas… o del diario de una persona totalmente fuera de sus cabales. Un loco, pues.

Y es que hablar de amnistía conllevaría, además de la “romántica” idea de que hay que perdonar –y algunos añadirán que hasta poner la otra mejilla–, legalmente tenemos que recordar que tal cosa tendría que pasar por la aprobación de una Ley de Amnistía, como las aprobadas en 1978 y 1994 en nuestro país, y que efectivamente perdonaban a muchos (miles, incluso) de mexicanos sobre quienes se había ejercido o se podría ejercer acción penal por delitos cuyo origen estuvo en situaciones políticas.

De aquellas Leyes de Amnistía que se aprobaron (una ya se derogó por estar fuera de contexto, la segunda sigue vigente), hay que recordar que la primera benefició a quienes habían sufrido el ejercicio de una acción penal derivada de los conflictos políticos de finales de los 60’s y principios de los 70’s, mientras la segunda benefició a quienes también estaban en dicha situación tras el levantamiento del EZLN. Vamos, pues, que los beneficiados con ambas Leyes de Amnistía tenían la misma característica: se les acusaba de formar parte de grupos que, con fines políticos, habían intentado desestabilizar el país, y participado en conflictos que incluso llegaron a las armas.

Pero… ¿pensar siquiera que se podría hacer lo mismo con el crimen organizado? ¿Con líderes que sólo Dios sabe si no volverían a delinquir, matar, secuestrar, torturar, en cuanto tengan la oportunidad de hacerlo? ¿Y pensar que hay que sacarle el aval a las víctimas, nomás como para que después, cuando todo se venga abajo, decir que “ellos estuvieron de acuerdo”? ¿Cargarle la responsabilidad de semejante ideota a quienes ya sufrieron o sufren las consecuencias de los actos delincuenciales? Qué poca…

Huelga decir que, a nivel nacional, medio mundo se le fue encima a López Obrador por la ocurrencia, y la otra mitad (muchos de los cuales son sus fieles seguidores) prefirieron guardar silencio ante la evidente locura expuesta… a pesar de que algunos otros cuantos, queriendo “componer” y limpiarle la cara al sempiterno líder moral, intentaron –infructuosa y desastrosamente– interpretar a modo lo que había dicho ya el tabasqueño. Vaya manera tan más indigna de… pues de perder la dignidad todos juntos, faltaba más.

Aunque sigan intentando hacer una especie de “operación cicatriz”, y de matizar las palabras de López Obrador, y de decir que lo que AMLO quiso decir fue algo más bien para “despertar conciencias”, el daño está hecho. Las víctimas han sufrido un nuevo golpe ahora de parte de quien dice estar de su lado, mientras aquellas insisten una y otra vez en que es urgente llevar ante la justicia a quienes les hicieron un daño, muchas veces irreparable.

Pero no hay que olvidar lo más importante: que por más que se esfuercen (quien sea) en ese intento de suavizar sus palabras, el hecho que prevalece es que su planteamiento no nace de la sociedad civil; no emana tampoco de autoridad alguna; no participaron en ella asociaciones o grupos de víctimas del delito que le hayan propuesto esta idea como mejor solución al permanente conflicto que existe en nuestro país. Su idea es suya, y sólo suya… y no se puede aceptar así como así.

¿Dónde estará, pues el sentido de crítica más básica, o de autocrítica de quienes son sus fieles seguidores, si no disienten de un concepto que es contrario totalmente a la justicia, y que deja a las víctimas en el plano más desprotegido y las re-victimiza a su vez, y además plantea un resquicio de complicidad con los delincuentes? Inaceptable.


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