SERGIO SARMIENTO
SERGIO SARMIENTO

“No voy a insultar tu inteligencia al sugerir que realmente crees en lo que dijiste.”

William F. Buckley, Jr.

 

En muchos sentidos Andrés Manuel López Obrador ha dejado atrás el radicalismo del pasado. Ya no manda al diablo las instituciones ni bloquea el Paseo de la Reforma. Me dicen que le propusieron introducir a su Proyecto de Nación 2018-2024 la propuesta de renta básica universal, la que el panista Ricardo Anaya ha asumido con tanto entusiasmo, pero la rechazó por “populista”.

Su proyecto no propone ya echar para atrás las reformas estructurales, sino someterlas a evaluación (pp. 6 y 7). Plantea que su gobierno “respetará siempre el estado de derecho” y señala que “el respeto al derecho a la propiedad privada es uno de los puntos clave de la propuesta, sobre todo en lo que se refiere al respeto a la tenencia de la tierra” (p. 414). Alfonso Romo, el empresario regiomontano que coordinó el documento, afirmó el 20 de noviembre: “No vemos la propiedad privada como una concesión benévola del Estado, sino como un derecho inherente a cada hombre y a cada mujer”.

López Obrador no es ya el joven que bloqueaba pozos petroleros en Tabasco. Hoy tiene 64 años y quizá se da cuenta que sus excesos del pasado le han costado mucho. La elección presidencial del 2006 la tenía ganada hasta que empezó a gritarle “Cállate chachalaca” a Vicente Fox. Lo que a él le pareció un gesto simpático, a muchos electores les pareció prepotente. El PAN no necesitaba más prueba de que era un peligro para México que repetir los videos.

La gran pregunta es si la nueva madurez es real o fingida. A veces a Andrés Manuel le cuesta trabajo dominar al tabasqueño que lleva dentro. Sus primeras reacciones al virtual destape de José Antonio Meade, a quien llamó pelele, títere y señoritingo, lo demuestran: “La mafia del poder piensa que con mañas se van a seguir imponiendo en el gobierno, pero les digo que no van a poder en la elección del año próximo. No van a imponer a un nuevo pelele, a un nuevo títere en nuestro país, como lo hicieron con Calderón y Peña. Miren cómo está nuestro querido México con el títere de Peña Nieto; impera la corrupción, hay mucha pobreza, inseguridad, violencia, y ahora quieren a otro pelele, a este señor Meade, este señoritingo; pues ya no, ahora será el pueblo el que elegirá al próximo presidente, ya no más peleles y títeres”.

López Obrador no tendría que recurrir a estas descalificaciones. Él representa una insatisfacción social en buena medida justificada. Ha señalado de manera correcta muchos de los males que afectan a nuestro país y que le han impedido alcanzar su desarrollo pleno. Pero una cosa es criticar problemas y señalar posibles soluciones, y otra afirmar que quienquiera que no está de acuerdo con él es corrupto, títere, pelele o señoritingo.

Quizá sea imposible esperar un debate de altura en la clase política mexicana. Fox ganó la Presidencia en 2000 llamando La Vestida a su principal rival y descalificando como tepocatas, alimañas y víboras prietas a quienes no lo apoyaban. A López Obrador le ha funcionado también insultar a quienes ofrecen propuestas distintas a las suyas.

Son tiempos de populismo. Hugo Chávez y Donald Trump pudieron escalar las estructuras del poder descalificando a sus rivales. López Obrador podría estar superando esta fase de berrinche infantil. Su Proyecto de Nación, en efecto, tiene temas de fondo que deben discutirse. Pero el que su reacción al destape de Meade sea llamarlo pelele, títere y señoritingo, no apunta a ninguna madurez emocional.

 

Operación cicatriz

José Antonio Meade está haciendo ya la operación cicatriz necesaria en el interior del PRI. Ayer caminó con Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de gobernación, y comió con él en el restaurante Puerto Chico de la capitalina colonia Tabacalera.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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